Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

NÚMERO ABRIL 2017

GACETA LITERARIA Nº 124 - ABRIL DE 2017 - AÑO XI - Nº 4


IMÁGENES
ARTEMIO ALISIO
(Argentina)

PÁGINA Nº 1- REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO (1940/2015)
(Uruguay)

ÚSELO Y TÍRELO

Lo que está en juego en el mundo es la vida. 
El modo de producción de este planeta que tenemos por hogar hace más pobres a los pobres. 
No sólo están muriendo las aguas y los árboles, sino el ser humano. 
Parece que nos hemos empeñado en destruirnos, en avanzar indetenibles y raudos hacia la nada. 
Para salvar y salvarnos no basta con pintar los carros de verde y usar gasolina verde y productos verdes, y hacer caridad, se trata más bien de tener conciencia de que es el modelo que Occidente ha impuesto a sangre y fuego el que nos borrará de la historia humana, porque no habrá historia que contar ni quién la cuente.
El mundo visto desde una ecología latinoamericana, publicado en su cuarta edición por Booket, en 2008, un libro que reúne textos desde Las venas abiertas de América Latina hasta Las palabras andantes, sumados a otros que fueron especialmente escritos.
Galeano recoge la denuncia, muestra el dolor y llora las tristezas de todos, levanta en estas páginas los estandartes del mundo que necesariamente debe ser, ese que se merecen las hijas y los hijos por venir.
“Llevamos quinientos años aprendiendo a odiarnos entre nosotros y a trabajar con alma y vida por nuestra propia perdición, y en eso estamos; pero todavía no hemos podido corregir nuestra porfiada costumbre de abrazos, nuestra manía de andar soñando despiertos y chocándonos con todo y cierta tendencia a la resurrección inexplicable”.
Los más que menos tienen viven tratando de sobrevivir y los pocos que mucho ostentan viven para consumir más. 
Es el mundo patas arriba, absurdo, y cínico, injusto e inhumano, tanto que nos condena a la soledad. 
Mientras seguimos convencidos de comprar lo que las pantallas venden y el sistema abona, nos volvemos cada vez más indiferentes al dolor del otro, a su hambre y a su miseria de siglos y de penas.
“El precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la perpetuación de la injusticia. 
Es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos.
Para que pocos sigan consumiendo de más, muchos deben seguir consumiendo de menos.
Y para evitar que nadie se pase de la raya, el sistema multiplica las armas de guerra”.
Así, Galeano va narrando lo que nos pasa, lo que hemos dejado que nos pase, porque diciendo y reconociendo nuestros miedos damos el primer paso hacia el futuro irrevocable, ese que hay que construir a punta de cantos, de sueños, de manos y de abrazos. 
Porque para ser tendremos necesariamente que soñar juntos el mismo sueño, esa es la utopía realizable, la que nacerá de los vientres de los pueblos.
“Los usurpadores se irán a los confines del agua… 
Ya no habrá devoradores de hombres… 
Al terminar la codicia, se desatará la cara, se desatarán las manos, se desatarán los pies del mundo”.
La farsa de este principio de siglo se pinta de verde, pero no aquel “verde que te quiero verde” del poeta español, sino este color que ha engendrado el comercio, el de las plantas de plástico, las aguas estancadas y los billetes del norte.
Promueven la ecología quienes cometen los ecocidios y después nos culpan a todos y nos venden desodorantes que no afectan la capa de ozono y transgénicos.
Y sí, nos venden productos verdes, especies verdes, pero no firman protocolos ambientales, y prefieren mudar las fábricas donde la mano de obra es más barata y la tierra se muere de sed.
“Este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo. 
Extirpación del comunismo, implantación del consumismo: la operación ha sido todo un éxito, pero el paciente se está muriendo”.



PÁGINA 2 - POESÍA ARGENTINA: SANTA FE

ANA DANICH

PARA FUMAR OTRA VEZ UN CIGARRILLO

Para fumar otra vez un cigarrillo
tuve que pasar tres noches de vigilia
cargar bolsas en mi hombro como si fueran la cruz
esperar el diagnóstico de mi propio sufrimiento
quemar mis alas de mariposa / su pequeño aleteo
¿hay una vela encendida que nunca se apagará?
no cerrar los ojos jamás aunque el viento arrecie
darme tiempo para aceptar mi ingrávida lucidez
sentarme en el banco del parque donde cuaja la orina del perro
es su dueño el que todas las mañanas despierta alcoholizado
habiendo dormido una noche vigorosa con sueños de botellas
recorrer sonámbula la triste calle del puerto
donde se apiñan los muchachos callejeros
hacerme buches de sal para paliar el desamor
y poner tapones de perfume barato en mis fosas nasales

es demasiada la anarquía que reina en este mundo
de los que arrojan hielo y huevos desde las ventanas…
a los miserables de la tierra que reclaman por justicia
frotar mis manos con el virus para después masajear
cada centímetro de mis recovecos e infectarlos
para entender que se siente cuando se siente miedo
ahorrarme la energía de la limpieza cotidiana
restregarme los ojos para que mengue  la telaraña
que teje la desmesurada araña del despojo
y ver que hay adentro de la habitación del inquisidor
sentirme acorralada entre la mujer y la bestia
y romper a patadas las puertas que me separan
de aquellos ciegos de mirada quemada por la avaricia
una víctima no es suficiente para los verdugos que
exigen más números en la lista de esclavos negros
y van por más porque la venganza goza cuando muestra sus colmillos

Entonces transcurren los tres días hasta que llega el anunciado
fumo a bocanadas  el último cigarrillo permitido
tránsito corrosivo que retumba en mis vísceras y fluidos
porque hoy decidí caminar sobre  las brasas encendidas
con pies de hierro como si fueran cuchillos que punzan
ante el holocausto de temores que me acechan.
La oscuridad se avecina y recién me di cuenta.

JORGE ISAÍAS

DEUDAS
para Rubén Sevlever

Los míos nunca entraron a tallar en las historias.
Destriparon terrones en absolutos junios con heladas,
y dieron hijos con penurias fijas a la dureza de esta tierra.
Hubo arados con gaviotas. Hubo lentas trilladoras
junto a las trenzas rubias de mis tías
y el torso desnudo de tanto cosechero.
El sol del verano hacía fintas mientras tanto en sus cabezas.
Debo el poema. Debo la sangre que no derramé y el sudor
que me he guardado y la pena de ver llegar a mi padre
en un setiembre con sangre sin batallas.
Lo vi llegar herido, con los brazos como rotas alas
pero una furia hecha brasa en las pupilas.
Debo el poema a los colonos comprando el pan en la bolsa
blanca de arpillera. El agrio tabaco en latas de té Tigre.
Las calvas cubiertas con gorras amarillas.
Antes estaban la cocina a leña, el techo de cinc bajo tormentas
del invierno, el café y el mate recibiendo a la mañana.
El cuaderno con estampas era cuadrado y grande
y encerraba al mundo en sus cuarenta páginas.
Después la lluvia de abril complicó todo:
hubo historias que recuerdo y otros amores que me olvido,
sin quererlo. Hubo un tren que me trajo de repente,
arrancándome de cuajo, como fruta verde de diciembre.
Debo aún toda la distancia que me pone cada vez más viejo,
y me entristece.

MARTA ORTIZ

FLORES ÁCIDAS

Para Anusha*, a su memoria

Mejor si con paciencia de artesano
–aguja y tinta de tatoo mediante–
esas flores sin pétalos se abrieran en tu piel,
–Anusha–

Mejor si marcado al roce del arte,
el relato nombrara sólo adolescencia:
mariposa / amor / luna / ideograma;

mejor si cubierto de arena cada estambre
si trazos en la memoria del siglo
–de los siglos–
si tallado en la piedra el monolito,
hendido a golpes de gubia
entintado el surco y mil
veces copiado el lema volanteado
a las muchachas vecinas.

RUBÉN VELA

AMÉRICA

Esto es América", me decían
mostrándome las altas cordilleras,
suicidio del sol sobre los trópicos,
los grandes ríos furiosos.
Sólo vi pies descalzos,
criaturas americanas
sobre el hambre y el frío como frutos desnudos.
“Esto es América". Sobre las tierras
indias del centro y del sur
vi desolación. Y, al borde,
las grandes ciudades opulentas, sólo
al borde.

GRACIELA MATURO

UN VIENTO HECHO DE PÁJAROS

Toqué la piedra, su opaco testimonio
anhelando su lenta seguridad compacta,
la dura perfección de su silencio.
Pero un viento volvía con crines musicales
saludando a los árboles,
removiendo los posos de mi tiniebla amarga.
Y naufragué en el aire delgado y transparente
siguiendo su hebra de oro,
buscando los minutos esquivos como peces,
naciendo en el asombro
desde el polen que crece a través de mis ojos,
desde la red de sombras que me cerca la sangre.
Un viento hecho de pájaros y de presentimientos
una marea añeja de sales y de gritos
arrasando mis tallos,
doblándome la frente con su lengua de plomo.
Suben los viejos días, las vidas en espera
de su predestinado, encendido minuto,
el agua de las sonrisas extinguidas,
la ciega podredumbre de todo entonces.
En vano es que enarboles pálidas estructuras,
que traigas su húmedos cántaros confiados, familiares,
para esta arena trágica.
Nada apaga esta sed,
este bárbaro ciervo alimentado de astros,
sorbiendo la médula de los días,
cabalgando en sus noches.
Quiero rasgar mi piel para conocer su rostro
imponerle una niebla de sosiego,
beber sus bellos ojos de lava ardiente,
nutrirlo en piedra, en ordenados muros.
Dónde nace este pájaro incesante
nebulosa de espumas,
enjambre de raíces y de fábulas…




PÁGINA 3 - NARRATIVA

CLAUDIA PIÑEIRO
(Argentina)

EL ABUELO MARTÍN

Pasa a buscar a su hijo a las nueve en punto, como cada sábado, así lo acordó con Marina cuando se separaron. El niño se le abraza a las piernas en cuanto su madre abre la puerta. Casi sin más palabras que un saludo, ella le da su mochila.

Pedro le pide una campera. “No creo que haga falta”, dice ella pero él insiste. No le aclara que llevará a Julián fuera de la ciudad, a la casa del abuelo Martín, donde la temperatura siempre es unos grados menor. Para qué, ella empezaría con sus recomendaciones: que los caballos pueden patear al niño, que el estanque es peligroso, que no vaya a treparse a ningún árbol. Las mismas recomendaciones que daba cuando estaban casados y que hicieron que Pedro dejara de ir. Ahora se arrepiente, la muerte del abuelo Martín, tres meses atrás, canceló cualquier reparación posible.
Es un día de sol y la ruta está vacía. Pedro pone uno de los cedés preferidos de Julián, pero antes de salir de la ciudad el niño ya está dormido. Siendo así, él prefiere el silencio y dedicarse a pensar en lo que tiene que hacer. Su madre le encargó ocuparse de la venta de la casa. A él no le cayó bien el encargo, bastante tiene con sus cosas, pero era el candidato natural para la tarea y no pudo negarse. No solo fue siempre el preferido de su abuelo, sino que además es arquitecto, qué mejor que un arquitecto para poner a punto una casa que se quiere vender. En la familia todos dicen que Pedro es arquitecto por el abuelo Martín. Mientras sus hermanos y primos andaban a caballo o se metían en el estanque, él lo acompañaba en las múltiples tareas que le demandaba la casa. El abuelo tenía una empresa constructora y aunque no estudió arquitectura era como si lo hubiera hecho. Incluso mejor, muchas tareas las realizaba con sus propias manos: levantar una pared, pintar un ambiente, reparar los techos. Lejos de venderla y por el cariño que le tiene, si no fuera tan desastroso el estado de sus finanzas después del divorcio, Pedro se quedaría con esa casa.
Pasa la tranquera y se alegra de que su madre se haya ocupado al menos de deshacerse de los animales. A él le tocaría, además de las reparaciones, contactar una inmobiliaria, fijar un precio de venta, hacer limpiar la casa. Sin embargo, Pedro tiene muy claro qué será lo primero: tirar la pared que su abuelo levantó en medio del living, una pared sin sentido arquitectónico que divide el ambiente en dos e interrumpe el paso. Levantada para tapar un dolor o fijarlo para siempre. Porque en medio de esa pared, frente al sillón preferido de su abuelo, colgaba el retrato de Carmiña Núñez, su abuela, a quien Pedro apenas conoció. Muchas tardes cuando bajaba el sol, veía a su abuelo sentarse con un vaso de whisky frente a esa pared y admirar el retrato. Una mujer morena, bonita, luciendo un vestido de encaje blanco que tal vez haya sido el que usó el día de su casamiento. Pasaban los años y el abuelo Martín parecía seguir enamorado de ella, aferrado al recuerdo de su mujer muerta. O eso creía Pedro. Pero un día se lo comentó a su madre y ella puso mala cara: “De esa mujer yo no hablo”. Entonces se dio cuenta de que casi nadie en la familia mencionaba a su abuela, solo el abuelo Martín que cuando insinuaban algún enojo decía: “Todos hablan, pero nadie sabe”. Muchos años después se enteró por una prima de que su abuela no estaba muerta, sino que se había ido con otro hombre. Nadie supo más de ella, si formó otra familia en alguna parte del mundo, ni siquiera si seguía viva o no. Nadie la volvió a mencionar, excepto el abuelo. Para él, ella seguía inmaculada, en su vestido de encaje con el que la veneró tantas tardes, frente a esa pared que Pedro se dispone a tirar.
A poco de llegar, Julián ya se mueve en el lugar como si fuera su casa. “¿Me querés ayudar?”, le dice Pedro cuando pasa junto a él con las herramientas. “No”, contesta el niño y se sube al columpio que cuelga de un árbol. Él se ríe, le gusta que Julián haga lo que tenga ganas. Entra a la casa, deja las herramientas junto a la pared y descuelga el retrato. Lo deja a un costado, ya verá cómo deshacerse de él más tarde. Toma cincel y martillo y empieza a golpear. Se pregunta si Marina, a pesar de haberlo negado, lo habrá dejado, como su abuela, por otro. El cincel se clava con facilidad, la pared es hueca. No le sorprende, no debía sostener nada, apenas un cuadro. Apoya el cincel y golpea otra vez, los ladrillos casi se le desarman en la mano. Y una vez más. Hasta que el cincel se engancha y queda atrapado. Pedro tira y la herramienta sale con un pedazo de encaje blanco, sucio, envejecido. Se queda sin aire. El estómago le da un vuelco. Rompe la pared con los puños hasta que parece el vestido de su abuela y su esqueleto sostenido por la tela que impidió que se convirtiera en un manojo de huesos. Mira por la ventana, Julián acaba de saltar del columpio y viene hacia la casa.


PÁGINA 4 - POESÍA ARGENTINA: CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES

IRMA VEROLÍN

Mi madre ha repetido su nombre en mí
no por falta de imaginación sino por amor a los espejos
donde ella encuentra su cuerpo
en un equilibrio que creyó olvidar.
al llamarme
su voz convierte a mi persona en un eco
en una repetición en sonsonete
una serie infinita de espejos
reproduce mi silueta hasta lo indecible
vaciándome
pulverizándome.
Cuando mi madre me llama
se está llamando a ella
y al final 
nadie sabe quién es quién 
en esta casa.

RODOLFO ALONSO

UN JAZMÍN DEL PAÍS PARA EL REGRESO DE ALFREDO ZITARROSA A SU PAÍS

el pájaro-zitarrosa 
vuelve con la primera luz de amanecer
a su país delicado y temible
es un país pequeño es una luz pequeña
pero la voz cantora es grande como el mundo
tuvo que irse con las primeras sombras
largas o no pero sombras de tiempo de amenaza
hoy sigue siendo un cantorcito patético y cordial
(como sus guitarristas inefables
como un país vecino)
que vuelve a entre los suyos contento de estar junto
a su pueblo sus aires sus vientos sus palabras
en medio del alba que todavía no se mostró del todo
en medio de la vida que asoma otra vez la cabeza
una esperanza cruje rechina se levanta
pequeña como una voz enorme como el mundo
liviana honda indeleble entrañable infinita

LILIANA DIAZ MINDURRY

CRISTO MUERTO DE HANS HOLBEIN EL JOVEN

Había una vez, hubo una vez o no hubo nunca. No debo decir el caos.
Había una vez un lastimado,
se oye su muerte en todas partes,
en todas partes.
No ángeles de la guarda, no estampas, no luces, ningún contorno,
las horas del lastimado son eternas.
No luces.
Se puso toda la muerte en el cuerpo,
toda la muerte,
no ángeles,
las horas del lastimado
del muerto, del clavado a todos los cuerpos
crecen como serpientes. No debo decir el caos.
No luces, no ángeles:
los salmos se le duermen en la frente, debajo de las cejas y en la garganta.
Agitaba la eternidad como si fuera una mezcla.
Gatos negros y azules, palabras como gatos negros y azules se volcaban en
/todos los caminos,
llevaba sus pobres milagros pequeños, el agua tibia de las frases goteando,
liviano como un dedo,
transparente.
No era un hombre.
No era una caja con forma de hombre.
Dulcemente su amor
se comía las cosas, brillaba en la saliva, se encendía en los costados de la boca.
Porque no es cierto que sí y no es cierto que no.
Le sacaron cualquier forma de la alegría
el brillo de la noche le enredó ese cuerpo que no gozaron las mujeres.
La luna como un lobo le mordió el vientre y le dobló la espalda.
Esperaba los clavos como fauces.
Los gatos se incendiaron.
Despacito se le aguaron los ojos.
No habría cielos empapelados de celeste
y crecerían las horas
los perros de las horas.
No habría más adentro ni afuera, ni aquí ni allá, ni latitud ni longitud.
Nadie cura la demencia,
ningún paraíso. El deseo no corrige la forma de las cosas.
Dar órdenes no es lograr el resplandor.
Las cosas quieren salirse de sí, poner la mirada en blanco.
Es tan simple no estar.
Las horas del lastimado son eternas. Es eterno el perfume.
Es una negra música,
una ternura
como una negra música.
En las estrellas se salieron los gatos,
las palabras como gatos
resucitaron.
El deseo no corrige el mundo.
Gloria al deseo.

LUIS BENÍTEZ

BEHERING

En cada uno de ellos era muchos un hombre.
Eran más todavía. Traían la industria de las armas
y el reno rojo, como un bosque ondulante
y detrás el lobo que, en una mañana ya añejo,
sería el perro de la hoguera y de las sobras,
el sirviente blanco.
Eran muchos, no un hombre.
Vagos sus nombres
se referían al viento y a los tótems,
a un hecho que pasó en un nacimiento,
el deshielo que ahogó
o el meteoro fugaz que ardió en la tundra
o la muchacha audaz que en mar abierto,
salvó a su hijo de la cólera brutal de la ballena.
Sus dioses eran el salmón
que cada año retorna como el año
y que va al mar y el oso pardo,
una montaña que muge
y que el filo de lanza abate,
y el pesado bisonte y el tigre rayado,
que se quedó en Siberia
y que la manta del navajo evoca:
extranjeros, ellos serían América,
la múltiple figura que no supo Balboa y que Pizarro
abandonó a la imaginación de un franciscano.
De hueso, no de madera y de noche
serían sus dioses ni de la piedra
que labran los pueblos de una tierra supuesta,
entre la niebla de sus transmigraciones.
Eran crueles y antiguos como el Asia;
fundarían imperios en la aurora y en México,
reinos en Bolivia, fortalezas
donde un signo inequívoco mostrara
la voluntad de estos dioses:
un águila en el aire arrebatando la serpiente,
un árbol singular, como un recuerdo
de las llanuras heladas y el Mar Blanco,
que ya sólo evocaban los viejos moribundos
y el Sueño, que es eterno.
Alzarían Tenochtitlán, el Cuzco
y el enigma silencioso, Tiahuanaco,
en la isla de Pascua graves rostros
que contemplan todavía su gran marcha;
otros, sin embargo, volverían
al corazón de las selvas y al olvido,
como los muertos al pasado,
al país de la cuna y de las tumbas.
Mañana, todavía, aún faltaba,
nuevos extranjeros alzarían
ferrocarriles, calles, edificios,
calendarios regidos por el sol y no la luna,
venidos de otros Beherings y otras fechas,
en nuestras claras ciudades, oh ingenuas tierras,
seremos siempre dobles:
uno solo y muchos, hombres de ninguna parte.

LUISA FUTORANSKY

PANDA BOLUDO

Inexorable: El panda se extingue.
Se le dio por nutrirse con un bambú que se da cada mil años.
O más.
¿Vale la pena el emperro,
aguantándose los zoos, los guardianes, la anorexia,
la industria de los recuerditos?
Con tanto pasto creciendo por ahí.
  


PÁGINA 5- ENSAYO

PEDRO SALVADOR ALÉ
(Argentina/México)

LOS NIÑOS DE LA CALLE, NO SON DE LA CALLE, SON NIÑOS DEL PAÍS

Al niño, hijo de otro que fue niño sin educación, no le queda más que ser un ambulante en las calles.
Se dice que todos llevamos al niño que fuimos en nuestro interior, que él es nuestro verdadero guía en la capacidad de asombro, en la magicidad, la alegría de vivir.
El sentido de la libertad de ser, a plena conciencia, ante el deslumbramiento del mundo.
Digo que en este, como en cualquier tiempo, la niñez es la edad de oro, sólo que ahora ya es el paraíso perdido.
Hoy el niño no vive la niñez, está atado a cadena perpetua a sus tareas, a la televisión o a internet, o en los casos más trágicos al cemento y la sobrevivencia en las calles, donde hay que saber que no son niños de la calle, sino del país.
Y en cualquiera de las respuestas que busquemos, hallaremos como principio y fin el tema educativo, la cultura: las dos puntas de un mismo lazo, la serpiente que se muerde la cola, sólo que no para volar hacia la verdadera identidad, sino para ser utilizada con fines políticos, más que por un desarrollo humanista.
Sí, la cultura y la educación que debieran aspirar a ser, ahora, dos pilares de la historia de un pueblo, no cumplen cabalmente a través de sus instituciones con los fines para las que fueron creadas.
¿Por qué?
La educación representa un medio que puede ser útil según las intenciones que la sostengan.
Y vemos que no hay interés en sus dirigentes, más que en hacer política.
Ver qué le conviene al mandatario en turno o a un grupo de intereses.
Lo que debieran ser acciones de cambio al servicio de una verdadera calidad de vida, resulta una instancia sólo para la inmovilidad, el fomento de la ignorancia, y con ello, la violencia.
Un sistema educativo fallido culmina en la inmensa pobreza del pueblo, sin escuela se baja el costo de la mano de la obra, y la explotación es más descarnada, pasando de la mendicidad a la prostitución infantil, a la trata de personas.
Se toma al ser humano como un descarte.
Y al niño, hijo de otro que fue niño sin educación, no le queda más que ser un ambulante en las calles.
Este es el verdadero fracaso de una sociedad.
El no proveer a través de la enseñanza facultades intelectuales para vivir.
Parece que mientras todo se reduce a campañas electorales, que son infinitas, la dignidad es algo postergable.
Bajo este panorama, la falta de aprendizaje no es sólo para los excluidos y marginales, sino el eje de una nueva cultura de la sobrevivencia.



PÁGINA 6 - POESÍA ARGENTINA: ENTRE RÍOS

MIGUELCARLOS GONZÁLEZ

TRAGEDIAS

cada día renuevan sus escenas:
el pichón solitario
que cae desvalido
desde la rama hacia la incertidumbre,
las hojas del otoño
que empobrecen, agónicas, sus verdes;
la mirada que en vano busca un ángel,
el rostro desvelado
que indaga por su origen en la noche
y en perplejo silencio
se encuentra ante
una Nada luminosa
que es, a la vez, el Todo.

MONICA LAURENCENA

rostros de simple humanidad
descarnados
y en su bellez
aeternos
mis gurisitos
en infinitud de larga horizontalidad
la existencia de estos humanos
su infancia no es tal
(kiosco y video)
pibes de barrio:
"bicicleta alada" hubiera dicho pedroni
ojos profundos
que nos miran más allá de toda verdad
siento solo la barriada en ideal de patria cuando la pelota grita
¡GOL!
ángeles ya perdidos en las historias desmenuzadas
de una extraña memoria
la verdad nos festeja la vida
de la calle al fondo
ellos están allí:
nos conviven

JUAN MENEGUÍN

PUENTES DE ALMA CALADA

una noche en que desaparece un ejército de zapadores
bajo las olas turbias de las grandes crecientes,
ahogados soldaditos por el peso de los fusiles, mochilas, campamentos,
mientras arriba cruzaba el último carguero,
ciego entre relámpagos, hipoacúsico en el espanto,
como un redoble de tambores en doble fila sobre los rieles,
la síncopa de sus pistones empujando un cronómetro lejano.
registró la lenta historia de aquellos puentes entrerrianos?
¿En qué oficinas con fantasmas siguen muriendo
reglas de cálculo y medidas inglesas
para aquellas ingenierías sin sistema métrico decimal
en cuyas crónicas de planos cruzaban los convoyes de áridos?
Sobre ondas de trigales, bajo el viento y la llovizna
pasaban las últimas locomotoras
y entraban a los puentes perdidos en tajamares y lagunas,
porque hubieron puentes sin doseles ni barandas
para que los cormoranes de agua dulce,
el que muerde las lentas letanías del letargo,
el agua deslizándose por las grietas
de la tierra trémula.
Soy la sombra silenciosa de una calle oscura,
el que se encuentra después de un largo viaje.
Soy el que duda
más allá de los límites del cuerpo.
Soy mis manos y mis piernas.
Soy el que se afirma donde no estoy.
Soy el que mira el horizonte
que se corre cada vez más lejos.
Soy cerca y soy lejos
Soy el otro que fui una vez
y el que seré si soy
Soy todo lo que no puedo dejar de ser
Soy el margen de mí mismo
soy soy soy afuera y soy adentro.

CECILIA FIGUEREDO

Si tu deseo es lo suficientemente pequeño
y tu necesidad lo suficientemente grande.
con los ojos apretados,
un momento de extrema concentración,
un acto tan solitario como los que van al almacén del barrio
no con la intención de adquirir algún producto
sino con el íntimo deseo
(nadie confiesa los goznes de la soledad),
de encontrar una palabra amable
de intercambiar un saludo en la transacción comercial,
un resguardo para estar un poco menos solos.
¿Alguien recuerda todos los deseos que pidió,
y si todos fueron cumplidos?
Pedir un deseo,
pero no de un modo literal.
Se trata de la inocencia ante el desamparo.
Un momento para creer
en lo que no sabemos si es real
pero igual confiamos en secreto,
como aquellos que van al almacén
con el monedero bajo el brazo.


PÁGINA 7– NARRATIVA

CESAR RUIZ LEDESMA
(Perú)

VISITADOR

Llegué hasta a alimentar el deseo infantil de no retornar a la obra nunca más, sino instalarme en la proximidad de la entrada y pasar mi vida en la contemplación de ella, no perdiéndola de vista y hallando mi felicidad en la constatación de la firmeza con que me habría protegido de estar yo en ella. Pero espantables despertares suelen seguir a los sueños infantiles.La construcción, Franz Kafka

Luego de ordenar los tanques y la infantería en línea de ataque no supo qué más hacer. Estaba sentado en la alfombra, perniabierto y de espaldas a la ventana. La cama, el escritorio y los estantes con sus juguetes se bañaban de una luz opaca y deforme. En el silencio, el cuarto parecía agrandarse.
Observaba con cierta admiración sus manos, los pliegues de su palma, la prolongación de los dedos y la coronación de las uñas. Entonces le dieron ganas de dibujar. Se levantó y fue a su escritorio, al otro lado de la habitación. Trepó a la alta silla, se sentó y abrió un borrador donde podía garabatear sin gastar los cuadernos del colegio. Cogió su lápiz y pensó en su papá: enorme, en terno y con lentes, poco cabello en la frente, sienes plateadas y al teléfono. Lo había dibujado tantas veces que hubiera podido hacerlo con los ojos cerrados. Recordaba las primeras lecciones de su profesora, cuando tomaba su manita y dirigía el trazo. Así, Alonsito, así se dibuja la cabeza del papá, qué importa que se esté quedando calvo, hay que ponerle bastante cabello. Luego continuó con su mamá. También enorme, con una blusa manga larga, falda y zapatos altos. Dibujaba su cabellera como una cebolla, con el cabello recogido hacia atrás. No debía olvidar la cartera, los aretes ni la coloración del maquillaje.
Estaba por pintar sus dibujos pero los hizo a un lado y tomó nuevamente el lápiz. Dibujó árboles, estrellas, niños felices, nubes abultadas y pájaros, un arcoíris y un río con muchos peces. Luego cogió los lápices de colores. No terminó de pintar ningún dibujo y abandonó la silla nuevamente aburrido.
Quiero hacer otra cosa, pensó, algo que no me hayan enseñado en el colegio. Debía apurarse: el silencio acechaba desde el pasillo y las escaleras, era un monstruo hambriento dispuesto a devorarlo. Entonces tomó su cuaderno del escritorio y se apoyó en el suelo, las manos sobre las hojas, la barriga en la alfombra, las piernas flexionadas como un alacrán. Respiró hondo, miró fijamente el papel en blanco y liberó su mano derecha. Pero solamente le salieron trazos sin sentido, líneas erráticas que al cruzarse formaban figuras abstractas ajenas a su comprensión.
Caminó hacia la puerta y en el umbral se detuvo: del primer piso subía el ruido de un televisor, ollas hirvientes y el motor de una lustradora. Renunció a bajar las escaleras y entró, primero, al dormitorio de su abuela. No la recordaba vieja, sino en la flor de la vida: había un cuadro enorme de su juventud colgado sobre la cama y frente a la puerta. La antigüedad del retrato armonizaba con el ropero empolvado de caoba, un anaquel con libros de páginas amarillentas y una cama con cortinas blancas. Salió cuando se dio cuenta de que el cofre con alhajas estaba en lo alto de una repisa. Fue al cuarto contiguo, a la biblioteca de su abuelo. Pero la puerta estaba cerrada con llave luego de aquella tarde que lo encontró durmiendo con los ojos abiertos en la silla de su escritorio. Cogió sus dedos fríos que colgaban sin obtener respuesta, mientras la enfermera gritaba que se vaya y que no lo viera. Pensó en la pared repleta de libros, el mural con recortes de periódicos y diplomas, fotos donde lo alzaban en hombros, algunas presentaciones de libros y condecoraciones. En la sala había un retrato suyo en el Congreso de la República, dedo índice en alto, ceño fruncido y mirada penetrante.
La puerta del dormitorio de sus padres estaba abierta. Adentro, los zapatos de su papá a un costado de la cama ofrecían dos grandes bocas. Le pareció imposible que algún día sus pequeños pies necesitasen todo ese espacio. No podía dejar de jugar con las corbatas que colgaban del perchero. A veces se las ponía e imaginaba ser adulto, aunque la mayoría de ocasiones se limpiaba las manos y sonaba los mocos en ellas. Su mamá tenía sus cremas y polvos sobre el tocador a su alcance. Pero Alonso nunca tuvo interés por esos olores y sustancias raras que irritaban la piel. En la mesa de noche había una foto suya de bebé, en brazos de su niñera de aquel entonces a la salida del hospital. Se echó en la cama y quedó mirando las manchas de humedad en el techo. Parecían ojos que se abrían lentamente. Bajó de la cama y se acercó al ropero, recibiéndolo un olor añejo de trajes y maletas. Se observaba y hacía muecas en el espejo cuando vio en su reflejo perfecto que la ventana del cuarto estaba abierta. Entonces, aproximándose, subió a una silla y se apoyó en el alféizar. Desde allí podía ver las otras casas que componían el bloque donde vivía y el jardín inundado por una neblina que bajaba del cielo. La distancia al pasto parecía corta e inofensiva, superable tras un salto corto. Sobresalía la figura del rosedal en el centro, con un pedestal y un camino de piedra que llevaba a la puerta de la calle. Observaba los tallos largos, verdes y espinosos, los pétalos anchos que se abrían y daban vida a la rosa, la tierra donde emergían, como miembros desesperados, el rosedal y otros arbustos pequeños, cuando vio una mancha diminuta correr veloz entre las plantas, deteniéndose para olisquear entre las flores y acurrucarse en el pasto. Finalmente, desapareció con un ágil movimiento. Alonso quedó sorprendido, aunque desilusionado, como si le hubieran arrebatado de las manos un nuevo juguete. Entonces bajó a zancadas los peldaños de las escaleras que le parecieron infinitos, tirando puertas y derribando portarretratos en su camino. Corría alborozado buscando la salida al jardín cuando un poderoso brazo lo alzó por los aires desde el cuello. Justo a tiempo, dijo Gregoria, hora de comer.
No quiero comer, renegaba Alonso con la cara larga, individual en pecho y mirada triste que arrastraba por el cuchillo. La cocina estaba al otro lado de la casa, atravesando la sala y el comedor. Demoró casi dos horas en tomar la sopa de pollo y en comer el arroz con trozos de carne guisada que Gregoria había preparado. Ella lo vigilaba con la cuchara en la mano, renegando a cada fideo y arroz que caía al suelo en su inapetencia. Bordeaba los cincuenta años y era gorda, de piernas cortas y vientre tan abultado que parecía un tumor. Con un lunar carnoso y peludo sobre los labios, sus pies en sandalias y los vellos enroscados de sus axilas despedían mal olor. A intervalos se levantaba de la mesa e iba a la sala, pues daban la telenovela. Cuando volvía, el plato seguía intacto. Entonces, poniéndose de mal humor, jalaba a Alonso de las patillas y le pellizcaba las manos; tenía la licencia de sus padres para corregirlo. Abre la boca, como a bebito, y le metía entre llantos la cuchara. Él masticaba y pasaba la comida como si fuera un puñado de arena.
Cuando salió al jardín ya era tarde. Una luz violeta reposaba en el rosedal y el viento mecía delicadamente los arbustos. En la noche llegaron sus papás. Alonso ya dormía y no pudo contarles lo que había visto en la mañana.
Al día siguiente, luego de la letanía del almuerzo, salió al jardín con una caja de galletas. Estaba sentado en el pedestal de piedra, con hojas y lápices de colores. Perseguía una imagen que su imaginación ya tenía delineada. No obstante, no podía exteriorizarla, a cada trazo sobre el papel una certidumbre cansina le decía que no era lo que buscaba, que todo cuanto hacía estaba mal. Lo angustiaba saber que, en realidad, no buscaba nada, pues aquello estaba en él: bastaba cerrar los ojos o concentrar la vista en algún objeto para que la diminuta mancha en el jardín reapareciera. Las imágenes se sucedían, cobraban movimiento y avanzaban con la desesperación de sus innumerables trazos erráticos. Del rosedal lo atraía el tallo y sus espinas, no obstante el rojo intenso de sus pétalos. Al igual que con el fuego y su cimbreante forma, sabía que no debía agarrarlos. Pero estaba tan cerca que su aroma se confundía con el sabor dulce de las galletas en su boca. Alargó la mano queriendo tocar la espina más grande; una gota de agua brillaba en la punta. Pero un repentino y ágil movimiento desvió su atención. Se detuvo y miró hacia abajo. Ahí estaba, diminuto y hermoso, apoyado sobre sus patas traseras, devorando los trozos de galleta sobre el pasto. Parecía sonreírle en su faena.
Desde entonces fueron amigos. Se encontraban en el jardín por las tardes, cuando Alonso cogía sus lápices y cuadernos y se echaba a dibujar sobre el pasto. Su vocación por el dibujo cobró renovados bríos. Quería encerrar la realidad en su crayón, corregirla y reinventarla sin darse por vencido. Dibujaba un sol esplendoroso en un cielo abierto, una salida al campo con sus papás, un paseo a la playa en bote con delfines de colores. Su papá le leía un cuento en la cabecera de su cama y su mamá lo arrullaba acariciándolo y dándole besos. Su nuevo amigo daba vueltas y se zambullía entre las plantas, mareado por el aroma de las flores. Alonso ya no se sentía cansado ni aburrido y se levantaba temprano para ir al colegio: Gregoria no tenía que entrar a despertarlo cogiéndole los pies con las manos heladas, tampoco inventar historias de monstruos devoradores ni mucho menos pellizcarlo. Su apetito ganó ánimos, comía rápido y sin renegar, solo y sin que tuviera que estar vigilado bajo amenazas. Cuando salía al jardín llevaba consigo puñados de arroces que había guardado del almuerzo, también lentejas y otros cereales; si podía, galletas de chocolate y terrones de azúcar. Se sentaba al borde del pedestal, sin dibujar, hasta verlo emerger tímidamente del césped, primero sus ojillos, luego su cabeza y finalmente su lomo; daba saltitos para erguirse a la espera de su recompensa. Al principio Alonso dejaba caer comida al pasto, pero una tarde se animó a darle de la mano. La primera vez que lo intentó, en un raudo movimiento, tomó los restos de pitanza y huyó bajo un arbusto. Pero luego se quedó en su pequeña palma. Pasaban las tardes jugando hasta que oscurecía, y entonces le contaba cómo era la vida de sus familiares, su cuarto y el amplio patio de su colegio. Pasadas algunas semanas lo convenció de entrar a su casa en el bolsillo de su pantalón. Le mostró el dormitorio de su abuela, el de sus papás y las mayólicas frías de los baños. Lo hizo entrar al cuarto de su abuelo por la rendija de la puerta, pidiéndole que le dijera qué había visto. Luego estuvo sobre su cama, entre sus colores, cuadernos y juguetes. Era más pequeño que los vaqueros de plástico, pero más grande que la colección de soldados verdes de la Segunda Guerra Mundial, los que olía y mordisqueaba como si quisiera saber de qué estaban hechos. Alonso podía verse reflejado en la inmensidad nigérrima de sus ojillos, como si fuera otro el que hablara y se moviera, como si su interior encerrara un ser distinto que se nutría de sus palabras.
Una vez le preguntó si tenía casa. Todos debemos tener una cama caliente para dormir, dijo Alonso. Desde entonces descansaría de sus dibujos, pensando en cómo construir una casa para su nuevo amigo, quien había ganado peso y vivo color su pelaje. Contrario a lo que pensó le resultó sencillo. Bastó apilar algunas cajas de mediano tamaño que encontró olvidadas en la cocina. Las unió con pegamento e interiormente les hizo huecos para darles continuidad. Cogió una rectangular de base. Hizo dos orificios y uno más grande al centro con una tijera. Deslizó un trozo de tela —una media suya que no tenía par— de la caja de arriba hacia la que servía de base, como una escalera. Luego las pintó de amarillo y colocó cajitas de fósforo, la primera con algodón a modo de cama, las demás con cereales en el comedor y algunas más vacías. Dibujó en las paredes niños sonrientes que jugaban con una pelota.
Cuando se la presentó, olisqueó cada rincón, subió y bajó de los pisos para finalmente comer de la cajita de cereales. Al terminar, salió de la casa por la ventana y, abriendo las alas, dio un pequeño vuelo alrededor de ella, como para contemplar todo su aposento. Alonso, sorprendido, le dijo que no saliera por allí. Se sale por la puerta, si te viera mi mamá se enojaría y Gregoria empezaría con su ¡ay, niño! Sentado al borde de la cama, cogió una hoja de papel y comenzó a dibujar lo que había construido con su único ocupante. En muy poco tiempo tuvo una galería de dibujos donde la casa de cartón y su amigo eran parte de la familia.
Una noche, cuando ya debía estar durmiendo, Gregoria sorprendió a Alonso en los pasillos del segundo piso. Había salido de la cama para ir al baño pero no se decidía a volver pues todo estaba oscuro y tenía miedo. Así que renegando lo acompañó a su cuarto. Ya se había tapado y conciliaba el sueño cuando Gregoria, al darse la vuelta para salir de la habitación, vio la casa de cartón sobre el escritorio. Llamó su atención los desiguales cortes de tijera y los colores con que la había pintado. Entonces metió la mano por una de las ventanas para saber qué había en las cajas. La sensación de un pequeño bulto caliente con pelos casi la mata del susto, y solo atinó a gritar como si la despellejaran. Los papás de Alonso corrieron al cuarto. No hubo necesidad de preguntas. Gregoria señalaba sin voz la casa de cartón. Trae un palo, le ordenó el papá de Alonso, vamos, muévete, mujer. Salió a trompicones. Alonso no entendía por qué tanto alboroto. Trató de explicar que todo estaba bien, que eran amigos desde hace mucho y que esa casa era suya, la había construido para él. Su mamá se acercó a su escritorio y vio los dibujos: paseos a la playa, al bosque, excursiones a la luna y salidas familiares. Comían y se iban a dormir juntos. Creyó que su hijo deliraba y le palpó el cuello bruscamente en busca de la fiebre. Regresó Gregoria con el palo. El papá de Alonso lo tomó con fuerza y, luego de hacer caer la casa de un manotazo, comenzó a aporrearla. Qué haces papá, pero si somos amigos, vamos a vivir toda la vida juntos. Hubiera seguido, pero el llanto y las lágrimas le quebraron la voz, quería zafarse de las manos duras de su madre. A cada golpe se oían chillidos agudos y diminutamente estruendosos. No se detuvo hasta que cesaron por completo y la casa fue un bulto aplastado que Gregoria recogió en una bolsa negra de basura. Alonso tenía la cara húmeda y la nariz atorada de mocos. Rendido por las convulsiones del llanto, lo metieron a la cama diciéndole que ya era tarde y que debían atender asuntos importantes mañana a primera hora. Su papá salió de la habitación y su mamá apagó la luz. Cerraron la puerta y Alonso se quedó solo.



PÁGINA 8 - POESÍA ARGENTINA: CÓRDOBA

NORA NANI

TENDIDA EN LA HIERBA

Nunca se pone más ángel la noche
que cuando la mira
mi corazón
derramado en la hierba.
Allí va entrando
a un zoológico de estrellas,
nombra a las bestias en su redil poderoso,
pasa lista a sus vientres de humo
y ya listo el pastoreo de azul y de milagro,
les arropa las aristas
con siluetas de nube
y las entrega al corral del vértigo
como a una cajita
que madura toda la eternidad
en su sonrisa.
Después vuelve
—mi corazón, digo,
cumplida su tarea de angelicar
la noche—
regresa a la cueva de mi pecho
donde
yo lo espero desnuda
con toda la inmensidad
a cuestas.

TINA ELORRIAGA

PALABRAS COMO NIEVE EN LA VENTANA

Qué es la palabra sino esta bocanada esquiva de aire que necesito para olvidar
la desmesura ciega del laberinto y no extraviarme tras la quimera de un sueño que puja para que mi paso sepa al fin la aspereza del abismo y sus suturas en el fondo del mar.
Es la que se me aparece en la penumbra para que no olvide que andar tras ella es un destino porque en la palabra anida el latido del corazón y allí vive el hombre
Quién es? Sino la que nombra la mano que en la noche busca mi entrepierna y yo no quiero y no me dejo. Sé que en ella está guardado el secreto atroz de la niña y que ella ha de salvarla del recuerdo que le picotea, le acribilla el cráneo a la hora de la comunión y a la hora en que recuerda a su madre girando la cabeza para que el mundo siga sucediendo mientras el ojo de Dios ha enceguecido
Ella , la que come tierra debajo de la mesa y no encuentra en su boca la lengua que traiga la palabra y las sirva en la mesa para que todos coman de ellas.
Qué es sino el ojo que mira por la cerradura y sabe que ella no siente el deseo habitar en su piel no quiere esas manos hundiéndose en su sueño pero sabe que descender a la extraviada locura del pecado mitiga la carne dolorida y entonces se deja caer.
Qué es la palabra sino esta distancia entre tu boca y mi boca y ella que va pero no se detiene porque la palabra pertenece al reino de lo inorgánico solo que al pasar por nuestros labios ella se hace corpórea y puede estrellarse en los cristales de la ventana buscando emigrar de la desolación.
Ella huye a veces, le da miedo cuando el auto verde oliva sin patente levanta victimas para arrojarlas desde un avión y sus palabras libertarias se extravían para siempre en las aguas contaminadas del Río Marrón de la Plata
Qué es sino el volcán violento que estalla en mi boca a la hora de la siesta cuando los higos acechan a las loras
Qué es sino las consignas que la avenida toda grita reclamando sus derechos y las mujeres ofrendan úteros y vaginas para sembrar el amor con sus fantasmas
Qué es la palabra sino ese salvavidas que me acompaña cuando nombro a retazos el infierno que profana mi sueño
Qué es la palabra sino la distancia entre mi hija y yo distancia que no sabe de límites ni de destino, cáscara etérea y frágil de un deseo que no fue, que dormido en las estribaciones de mi cerebro se ha refugiado en el subconsciente y no hay artilugio que logre volverlo a la vida para ser alas de un ave que acaricie la piel y sea escalofrío y ternura al mismo tiempo
La palabra es tu nombre padre la cadencia de sus sílabas que tintinean en mi boca, la hora en que aún los gallos no cantan amansabas caballos y entregándolos a la tierra para que una niña osada abra su boca y grite padre es la hora es la hora
La palabra es mi madre y su sueño de aviones y Carola Lorenzini trayendo el cielo y las nubes a su cama y ella empecinada intentará pero no, no ha de volar, sino solo lo necesario a la hora de lavar los platos para escapar del tedio con un canto que nombra y dice palabras bonitas a su oído
Las palabras son mi desesperación y a ellas me entrego sabiendo que cuando las escupa algo monstruoso se irá para siempre
y entonces,
habrá un nuevo tiempo para celebrar.


Qué es la palabra sino esta bocanada esquiva de aire que necesito para olvidar
la desmesura ciega del laberinto y no extraviarme tras la quimera de un sueño que puja para que mi paso sepa al fin la aspereza del abismo y sus suturas en el fondo del mar.
Es la que se me aparece en la penumbra para que no olvide que andar tras ella es un destino porque en la palabra anida el latido del corazón y allí vive el hombre
¿Quién es? Sino la que nombra la mano que en la noche busca mi entrepierna y yo no quiero y no me dejo. Sé que en ella está guardado el secreto atroz de la niña y que ella ha de salvarla del recuerdo que le picotea, le acribilla el cráneo a la hora de la comunión y a la hora en que recuerda a su madre girando la cabeza para que el mundo siga sucediendo mientras el ojo de Dios ha enceguecido
Ella , la que come tierra debajo de la mesa y no encuentra en su boca la lengua que traiga la palabra y las sirva en la mesa para que todos coman de ellas.
Qué es sino el ojo que mira por la cerradura y sabe que ella no siente el deseo habitar en su piel no quiere esas manos hundiéndose en su sueño pero sabe que descender a la extraviada locura del pecado mitiga la carne dolorida y entonces se deja caer.
Qué es la palabra sino esta distancia entre tu boca y mi boca y ella que va pero no se detiene porque la palabra pertenece al reino de lo inorgánico solo que al pasar por nuestros labios ella se hace corpórea y puede estrellarse en los cristales de la ventana buscando emigrar de la desolación.
Ella huye a veces, le da miedo cuando el auto verde oliva sin patente levanta victimas para arrojarlas desde un avión y sus palabras libertarias se extravían para siempre en las aguas contaminadas del Río Marrón de la Plata
Qué es sino el volcán violento que estalla en mi boca a la hora de la siesta cuando los higos acechan a las loras
Qué es sino las consignas que la avenida toda grita reclamando sus derechos y las mujeres ofrendan úteros y vaginas para sembrar el amor con sus fantasmas
Qué es la palabra sino ese salvavidas que me acompaña cuando nombro a retazos el infierno que profana mi sueño
Qué es la palabra sino la distancia entre mi hija y yo distancia que no sabe de límites ni de destino, cáscara etérea y frágil de un deseo que no fue, que dormido en las estribaciones de mi cerebro se ha refugiado en el subconsciente y no hay artilugio que logre volverlo a la vida para ser alas de un ave que acaricie la piel y sea escalofrío y ternura al mismo tiempo
La palabra es tu nombre padre la cadencia de sus sílabas que tintinean en mi boca, la hora en que aún los gallos no cantan amansabas caballos y entregándolos a la tierra para que una niña osada abra su boca y grite padre es la hora es la hora
La palabra es mi madre y su sueño de aviones y Carola Lorenzini trayendo el cielo y las nubes a su cama y ella empecinada intentará pero no, no ha de volar, sino solo lo necesario a la hora de lavar los platos para escapar del tedio con un canto que nombra y dice palabras bonitas a su oído
Las palabras son mi desesperación y a ellas me entrego sabiendo que cuando las escupa algo monstruoso se irá para siempre
y entonces,
habrá un nuevo tiempo para celebrar.

CARLOS GARRO AGUILAR

CANCIÓN DEL FINAL DEL VERANO

Tus palabras están aquí, amiga,
en la zona desvelada
de la sangre.
Danza tu rostro, la delicadeza de tu vida,
tus silencios.
Y la puerta del poema hace girar
sus goznes…
Agua de lluvia para ti,
corona de fresias para tus sienes,
y en el estanque sonoro de la memoria
esta piedra que cae y enciende
con su sonido antiguo
el ángel de un atardecer fluvial
la claridad secreta de tu nombre.
Estás aquí.
En el callado resplandor
que moja de rocío la mirada.

MARÍA TERESA ANDRUETTO

EN CASA

Su abuela iba en tren y soñó la llanura, el manto
verde y el humo de las fábricas (molinos de viento,
tanques australianos, de vez en cuando una
esperanza). Su padre también era amargo, pasó
la guerra, salió del sótano después del bombardeo
con el pelo de repente blanco. En medio está ella
escuchando la historia, el fustín de la noche,
los gritos y una mujer cantándole a un niño.
Vestido de negro va el tren y bajo los pies crujen
huesos, graznan gañotes de muertos. Juran todos
con bulbos de orquídea en las manos, raíces
tuberosas de los muchachos. No es ajena la guerra:
su amado se queda en las tardes mirando
el horizonte, amargo. Recuerda los años de encierro,
el muchacho que allá adentro lo salvó de la muerte
sosteniendo su mano. Gente que migra y campos
de batalla. Testigo de todo, criadilla, escroto, ella
se ha quedado en casa, mirando pasar el río
de la patria, la tierra del terror a sus espaldas.
Las verdades no son sino antiguas metáforas.

MANUEL LOZANO

ESTA VOZ DE LO ALTO (TIGRA DEL VIENTO)
 para Liliana Herrero

Una voz.
Una voz contra tinieblas.
Una voz contra la boca
en el ojo monstruoso.
Una voz contra muerte,
contra vestigios,
contra viejas ruindades.
Una voz contra sombras de sombras
de mentiras y falsificadores,
contra cascotes de la sumisión.
Una voz contra silencio.
 Aquí el murmullo
nace un cuerpo que es tribus
llevándome al manantial del Comienzo.
Es que esta lengua atraviesa ríos:
Vuela desde la semilla
y es semilla.
Tatúa nuestras pieles
y es la casa del mundo.
La voz padre y madre
abre las puertas
del aire anarquista, de un agua de ternuras,
del fuego y de tu tierra en celo.
Es que la lengua atraviesa heridas:
las raspa, las lame, las perfora.
¿Y estos cántaros corriendo sublevados
por la sangre, cerbatana de verdades?
¿Quién acaricia a esta mujer que llora
en una casa a solas
cuando todo ha partido
y me descrucifican?
¿Pero quién el prisionero alerta
golpeando entre los hierros?
Por todas las edades del asco y del amor hube corrido
hasta beber en el viento, hasta embeberme en el viento
los telares del día.
¿Y con qué desesperanza
levantaré estos sudarios?
Ah, la felicidad como una hamaca de lianas
oscilando en la memoria.
Tigra del viento,
la música es tu náufraga y tu reina.


PÁGINA 9 – NARRATIVA

ÁLVARO LOZANO GUTIÉRREZ
(Colombia)

ESTA TIERRA QUE HABITAMOS.

Volvieron a ver su tierra después de muchos años en el exilio. La curva del camino, ya reconocida hace tiempo, les indicó que estaban cerca de la parcela en donde alguna vez fueron felices. Manuel acarició la cabeza su hijo mientras miraba los ojos melancólicos de Martha, tratando de contagiarle esa esperanza que hoy sin embargo se dibujaba solo como una promesa. Caminaban lentamente como buscando desandar los pasos que la violencia les había obligado a dar abandonando todo lo que poseían.
Hacía ya un año que la guerra había terminado. La paz se firmó entre los aplausos de unos y la indiferencia y el escepticismo de otros. El perdón y el olvido se impusieron por decreto. Se habló mucho de víctimas y de reparación. Miles de hombres y mujeres colmaron las oficinas del gobierno buscando que el Estado les reconociera sus muertos y les devolvieran la tierra que hacía mucho tiempo los poderosos les habían arrebatado.
- Desde aquí ya queda poco para el rancho. Lo primero será acomodar la cerca, yo me acuerdo que antes se nos metían mucho los animales del compadre José y nos dañaban las matas.
-Estoy cansado y tengo hambre.
-No se preocupe Esteban apenas lleguemos su mamá nos prepara algo, más bien súbase al caballo y ayúdenos a guiar las demás bestias.
Martha levantó los ojos y vio su antigua casa al final del sendero. Era solo una ruina. Cuatro paredes seguían en pie en medio de una tierra gris que daba testimonio de tiempos de violencia y muerte. Amarraron los caballos y las mulas y entraron respirando largamente como quien despierta de un terrible sueño y ahora solo quiere reconocerse en el mundo de los vivos.
- En esta habitación nació usted.
Martha y Manuel acariciaban las paredes y acercaban el oído como queriendo que estas les reconocieran y les dieran la bienvenida.
-Aquí en este patio mataron a su hermano Julián, le dispararon tres veces.
Se detuvieron mirando un árbol muerto, abrazándose y sabiendo que lo que seguía era lo más duro, recuperar la tierra también es añorar a los muertos, seguir adelante a pesar de la tristeza.
En la Mañana Braulio y José saludaron desde el recodo del camino. Encontraron a la familia entre herramientas acomodando el techo y descargando las últimas cosas que traían consigo.
-Compadre esta tierra está enferma. Ya no crece nada. Los de la oficina del gobierno nos dicen que es mejor venderla.
Manuel miraba un puñado de ceniza que se encontraba bajo sus pies. La tomó en sus manos tratando de olerla.
- Sembraron palma los últimos quince años, el señor que compró todo esto tenía mucha plata, trajo maquinaria, trabajadores y muchos químicos. La tierra se agotó y ahora es un puñado de ceniza. Solo ceniza Manuel, solo eso nos dieron.
- ¿Y entonces que van a hacer ustedes?
-La cosa va muy mal Manuel, con otros hemos decidido vender, veníamos a decirle a usted, para ver si siendo muchos nos pagan un poco más.
-¿Y nuestros muertos? ¿Los que nos mataron? Esta tierra es nuestra y no la vamos a dejar.
-Compadre, no es cosa de muertos es cosa de vivos, si nos quedamos aquí va a ser para morirnos de hambre.
Manuel sintió que el sol castigaba su cuerpo. Miraba con pena a su familia, pero con más pena y dolor a los dos hombres que ahora solo hablaban de vender todo y volver a una ciudad que no les pertenecía, que siempre los había tratado como extraños.
- Gracias compadres pero yo me quedo. Si alguien les pregunta le dicen que prefiero el hambre aquí en mi tierra que en los tugurios de la ciudad. Si, para mi esa hambre es peor.
Las semanas que vinieron fueron terribles. Efectivamente la tierra agotada se había convertido en un puñado de ceniza y sal. Sembraron primero las semillas que les dio el gobierno pero ni un brote hacia avizorar que la situación cambiaria. Ahora solo les quedaba el maíz, el mismo que Martha recogió en un tarro el día que mataron a su hijo, el día que abandonaron todo.
Manuel y su hijo tomaron los azadones y cavaron lo más profundo que pudieron. Al fondo la promesa de una tierra negra y fértil nunca los esperó. Todo era igual, un hollín que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Esa tarde una camioneta lujosa se estacionó afuera del rancho. En ella un hombre obeso y una mujer joven, que a Esteban le pareció hermosa, los miraban con desprecio y lastima. No se bajaron del vehículo, no hablaron con nadie, solo esperaban como buitres a ver que la familia cayera, para apoderarse del miserable terreno que habitaban.
-Yo creo que no es la sal lo que mató esta tierra, fue la sangre de tanto muerto. La sangre de su hijo y el mío que nos mataron en este mismo patio.
Sembraron el maíz, lo regaron trayendo el agua de muy lejos por que incluso los ríos se negaban a dar el consuelo del agua. Los días pasaron y solo se veía el mismo paisaje triste. Cuando se agotó el alimento supieron que tal vez habían vuelto a esta tierra solo para morir.
-Martha, amor, que nos queda.
-Un puñado de harina y unas cucharadas de café.
-Entonces llego la hora, prepare la comida, después solo nos queda morirnos.
Comieron amargamente, no dijeron nada, solo se miraban pensando que la vida se había ensañado siempre con ellos, que eran los condenados de la tierra. Salieron del rancho y contemplaron las estrellas. Se acostaron en medio del campo y esperaron así que Dios cerrara sus ojos.
Cuando despertaron los primeros brotes se levantaban orgullosos. Habían vencido.


PÁGINA 10 - POESÍA ARGENTINA: CHUBUT

CLAUDIA PRADO

NUBE
Hace varios kilómetros voy
con la mirada en la ventanilla
la mochila sobre la falda
y sobre la mochila un libro
todavía cerrado.
Pasan patios desprolijos
un limonero con frutas
como otras veces
el almacén “La Simbólica”
y el cartel del “Pool Clau”
en una pared de ladrillo.
Por costumbre miro, sin embargo
mi pensamiento anda lejos.
Las manos quietas
incómodas, sostienen el libro
como si fuesen ajenas.
En el asiento de al lado
un hombre canta
 corazón de madera
tú has jugado conmigo
.
Pasamos el puente, un camión
la estación de servicio.
Hasta que al fin
se hace lugar una idea:
hay una nube
naranja y gris sobre los árboles
una nube pesadísima que empieza
en la iglesia de los mormones
y sigue más allá de la autopista.
En esta combi ezeiza–liniers
eso es la belleza.
El hombre cambia de canción
y yo pienso en llamarte.
Ojala pudiera
contarte en un mensaje breve
lo que veo esta vez
que no viniste.
Pero dejo las manos en el libro.
No sé por qué
si de tantos viajes juntas
alcanzaría con decir: nube naranja
y gris hacia la izquierda
y una canción que dice…
JORGE SPÍNDOLA

LOS DOS ZAPATOS EN EL AIRE

una mía amiga dice
que es difícil ser poeta
que es un peligro andar
mostrando las costillas por la calle
o en un libro
yo le digo que no     que no es difícil
más jodido es ser acróbata
o albañil en las alturas
no es difícil escribir
lo difícil es no caerse para arriba
o para abajo
que eso fue lo que le pasó al finado justo cárdenas
por ejemplo al llegar en pedo a la obra
y se ponía a revocar con un pie afuera del andamio
hacía equilibrio
y un día se ve que se olvidó
y apoyo los dos zapatos en el aire
el resto ya se sabe
justo está enterrado a dos metros bajo tierra
y sus hijas dicen que justo está en el cielo
no es difícil ser poeta
(yo escribo palabras al borde del andamio)

MARÍA SILVINA OCAMPO

TIERRA LLAMA

Soy fiebre
y amalgama del vacío
Soy el mar
y su arrepentida sal
La piedra
y la sombra del olvido
Soy debajo del mundo
la otra palabra.

******
Salen las lunas a parir los ojos
Ojeras la piel intemperie de la risa
Ríe la mueca desesperada muerte
Grita tierra húmeda la sal
Muero la hoja el pulso el mar
Celoso lo cierto pierde su lluvia
Mares de octubre mareas en celo
Lluvioso el sentido extraviado adentro
Adentro las piedras el ojo y el hambre
Adentro los palos la herida y el hijo

******

¿Quién escribe el regreso?
¿La calle que silba todos los amaneceres
que sabe mis sueños
uno por paso hasta la victoria?
¿Hasta tu corazón de fuego en el volcán?
En el corazón de Rosa la tierra llama
Quien escribe el regreso
uno por paso sabe
teje las hebras de la memoria
desde el principio
desde las lágrimas hasta el camino
hasta la palabra siempre.

******

Digo el suelo que muero
Pueblo como busca
como pueblo su memoria
Celinda sueña la corrida
sueña para todos la olla
Como el pan como justicia
Como come el plato su herida
vacía que llama entre los dientes
Todo sucede y más
que no se nombra
pues el que sueña para todos
sabe.

JUAN CARLOS MOISÉS

LOS RUIDOS EN EL AGUA

Los ruidos en el agua
del ahogado con el cuerpo
atado como con sonajeros.
Podría decirse
que no se quedan en la orilla
que traspasan los árboles.
Entonces
¿hay que espantar esos ruidos
taparse los oídos pensar
en algo agradable?
Ustedes dirán, señores peces.

LILIANA ANCALAO

EL FRÍO

Las mujeres y el frío
yo al frío lo aprendí de niña en guardapolvo
estaba oscuro
el rambler clasic de mi viejo no arrancaba
había que irse caminando hasta la escuela
cruzábamos el tiempo
los colmillos atravesándonos
la poca carne
yo era unas rodillas que dolían
decíamos qué frío
para mirar el vapor de las palabras
y estar acompañados.
las mamás
todas
han pasado frío
mi mamá fue una niña que en cushamen
andaba en alpargatas por la nieve
campeando chivas
yo nací con la memoria de sus pies entumecidos
y un mal concepto de las chivas
esas tontas que se van y se pierden
y encima hay que salir a buscarlas
a la nada.
mi mamá nos abrigaba
ella es como un adentro
hay que abrigar a los hijos
el pecho
la espalda
los pies y las orejas
dicen así
y les crecen las ramas y las hojas
y defienden a los chicos del invierno
y a veces sale el sol y ellas tapando
porque los brazos se les van en vicio
y hay que sacarles
despacio
con palabras
esos gajos.
pero el frío no siempre
lo sé porque esa noche en aldea epulef
dormíamos apenas
alrededor de nuestro corazón al descampado.
eufemia descansaba el purrún del camaruco
y la noche confundió su pelo corto con el pasto
era la madrugada y eufemia despertó
con la helada en el pelo
y el frío esa vez tenía boca
y se reía con nosotras
se está poniendo viejo el frío nos decía
las mujeres aprendemos
tarde
que hay un tiempo en la vida
en que hasta sin intención
vamos dejando una huella de incendio
por el barrio
ni sé por qué la perdemos
y esa tarde yo precisaba
medias de lana cruda para cruzar las calles
en las ciudades el frío
nos raspa las escamas
punza en la nuca
se vuelve más prolijo
en eso andaba y a la noche
había un hombre en mi cama
o era un niño o un muchacho
yo no quería respirar muy fuerte
tiene las manos abrigadas este hombre
entonces por qué me fui
para ver si salía a buscarme o me dejaba
a que los esqueletos de pájaros
se incrusten en mi cara
como el eco del silencio
seré si no me encuentra
por hacerme la linda
encima me da abismo
este frío
sangre azul.

MARTÍN COLIVORO

AROMA CERO

acá
se vive en un país de escaso aroma
no huelen ni la luz ni las oscuras
ni el tiempo blasfemo
ni las impurezas

no hay olores que espanten
ni a los mismos huracanes
de trajes grises
ni pestilencias que maten
las corbatas de seda

se vive en un país
de aroma cero




PÁGINA 11 – NARRATIVA

HEBE UHART
(Argentina)

LA PELUQUERÍA

La peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo). Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:
–Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.
Eran seis.
Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian.) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”). Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol que tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto.
Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora).
Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay pósters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.
La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:
–Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.
No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acostumbrada a cualquier cosa y corta.
Yo salgo contenta.



PÁGINA 12 – POESÍA AMERICANA: BOLIVIA

NORAH ZAPATA PRILL

LOS OLVIDADOS

Ríen, hablan
Conocen los inviernos aún mejor que la nieve

Duermen en sus pesadillas enjaulados
Despiertan y se burlan de sus sueños
Todos los días mastican su memoria y beben la aventura
Contemplan el horizonte como piedras lanzadas al vacío

En vano tiñen las huellas de sus pasos
Son como el viento, sin camino
En sus manos las grietas son dobles
Como son dobles las lágrimas que surcan nómadas

Piensan en el mar, en los puertos donde gaviotas
y pañuelos acogen cansancios y viajeros

¿Qué antiguos pájaros anidan en sus ojos?

Arañados, derraman vino en sus heridas

¿Qué estrellas mueren en sus noches?

Dios los espía. ¿En qué templo el sosiego
sus flores blancas, en qué vergel
en qué planeta el amor de los hombres ?

Errantes persiguen la sed y el hambre a tropezones
Se agrupan
Se reparten la lluvia cuando llueve
Se reparten la luna cuando hay luna

A fuerza de mirar el cielo les ha nacido un vuelo
Ya no tienen brazos sino alas
para partir con sus fantasmas.

EDUARDO MITRE

POEMA

Todos los vecinos de mi barrio duermen siesta, 
pero hay chicos que golpean puertas fastidiando: 
piden pan y no dejan 
escribir los mejores poemas sobre el hambre. 

RUTH ANA LÓPEZ CALDERÓN

OBITUARIO

En el cuarto del hospital -medito- miro el techo
blanco, poblado por un mísero foco, de luz amarillenta, pienso,
decepcionada, matando el tiempo
y en la cama de blancas sábanas
dibujo pensamientos
que viajan a otros tiempos
de carne débil y enfermiza, ni la sombra del pasado
la que siento
doliente hasta los huesos,
la piel como pergamino viejo
y el dolor que nubla la conciencia,
estrangula la esperanza; desintegra,
y mi alma se quiebra en mudo grito:
las penas rebosantes en los recuerdos
el arrepentimiento que ronda y se mezcla, abandonada,
y la vida y el amor y el pasado
ya parecen un cuento
digno de ser contado a los ingenuos
mezcla irónica,
emborracha al espíritu
a la hora de rendir cuentas
y de extraños sortilegios te pasa
y la vida como la mona
y el doctor apurado, escurridizo,
y el sentirme bien por ningún lado
debes hacer el tratamiento dijo persuasivo
antes de desaparecer
dejando el halo de su sonrisa dibujada
y su guardapolvo blanco
inmaculado
y los dolores no aflojan
y el corazón: ya no más
desgarrado
y los pasos de las enfermeras
rasgan la alfombra
y las pastillas de tantos colores
aturden mis ojos asustados
y el dolor que sigue a mi lado
¡como amante del brazo
caminando rumbo a su cuarto
de ida y vuelta, cientos de veces!
nadie recuerda
la mujer de pasado gris
que fui yo
que yo fui
pienso en el exilio
de los últimos años
y qué mala suerte:
soledad
tristeza,
de la vida
nada,
ni amor
ni sexo
ni vino
ni el humo del cigarrillo,
para nublar
el llanto
¡mi vida en el claustro!
como comprando el boleto
para entrar al cielo
o al infierno
y nadie sabe
por qué,
esta espera en la cama
del obituario de mañana
y esta cabeza despoblada
de cabellos que jueguen con el viento
sigo recostada y pienso.

VÍCTOR HUGO ARÉVALO JORDÁN

 ALGO MÁS TRISTE QUE EL RECUERDO

Algo más triste que el recuerdo
Del sol ardiente de las tardes de estío
Sumiso el viento, cansada la tarde,
Sin sueño, ni hierba donde tenderse,
Sin pasto que crece en la humedad

De la tarde del recuerdo,
no hay perfumes de flores
A la vista
Quedaron atrás
En la bolsa de los recuerdos
Y se marchitaron en el olvido
Pero la memoria persistente
Nos obliga a diario a recordar
Un perfume indeleble e inexistente,

Los aleteos de los insectos no se recuerdan,

Si de las aves canoras
Que antes del calor de verano
Escribieron los cantos del otoño,
Y en el otoño se alejaron volando y cantando
Melodías que contaremos en el fuego
Encendido en San Juan
para ahuyentar el frío del invierno
Tan cotidiano este año
Que no recuerdo cuando
Cambiamos de siglo.

Algo más triste que el olvido....

PAMELA ROMANO ALIAGA

si se ha hundido
es porque se ha hundido
y no hay nada que hacerle
por eso no tienes que estar aquí
porque aquí
inundado está
y cuando se inunda
hay cosas que se salen de curso
el lodo aparece y entonces quizás después
no pueda nombrarme no pueda
nombrarte el nombre
no haya

por eso si te apuras
reconstruiremos la ciudad 
la ciudad con ladrillos de este barro
y los buenos usos del fósforo la ciudad habrá
por eso aunque te apures
la ciudad no se reconstruye
la cosa está en asumir el cuerpo
o pensar que tu cuerpo es tu casa
o nunca
la casa,
nunca tu cuerpo será mi casa
porque todo
todo todo
se ha hundido en lo inundado
las paredes
las grietas de las paredes
las pretensiones de la suciedad
y ciertos animales que nunca quisimos ver
se han hecho visibles

me miran
te están mirando
me he quedado ciego
visiblemente ciego pero los animales allí de qué color
son sus ojos mis ojos han perdido nada
han demolido
algo que todavía no se ve porque ya nos estamos yendo
vamonós
inundado está aquí y allá
se ve un cuerpo que no es de muerto sino de vivo que es peor
peor y todavía más aquí y allá
algo como una sombra de abuelo
que si viene preguntará por qué se están yendo

vamonós
por eso yo no puedo irme
por eso me he quedado ciega y tengo que irme
completamente ciega entonces cómo no yo me voy
realmente me voy desde allá en la ciudad
la ciudad que es un desalojo que no logras entender
que nadie ha entendido que es un desalojo y que se ha inundado
precisamente cuando decíamos en aquellas noches que las aguas

GARY DAHER CANEDO

CARTA AL PADRE

En la casa
los objetos huelen a excremento
de este modo
quién querrá quedarse.

Y si uno persistiera
vería con gran incomodidad
que los muebles están fuera de lugar
deshechos y pesados
las ventanas tapiadas
y la misma puerta desvencijada
impeliendo a salir en vez de entrar
pues la casa es un lugar de naufragio.

De ahí los grandes esfuerzos que se hacen
por quedarse a velar dentro de la casa
impertérrito
mientras las aves vuelan en el cielo
la hierba crece en el vergel
y la lluvia no deja de regar con su aliento de agua.

Por eso te escribo
para revelarte que poco a poco
voy limpiando de inmundicia
nuestra casa
a ver si así un día
-pienso también en el jardín
y en las semillas que sembraste-
habrá de estar dispuesta
engalanada y primorosa
con su alfombra persa
y su alcoba depurada
donde el incienso arda hermoso
y las rosas se abran rojas
esperando tu regreso
iluminado –lo sé bien-
por la bella disposición

que irán a tomar todas nuestras cosas.


PÁGINA 13 – NARRATIVA BREVE

J. M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Argentina)

AGUA CLARA, AGUA OSCURA
-Apotegmas-

He comprendido que la existencia comienza cuando se acepta el sentido de la finitud.

******

Estamos hechos de singularidades. Lo propio ejerce un control estricto para que no se revele como ajeno.

******

Cada cambio subsume un sacrificio. A veces no hay dolor, aunque pese la renuncia.

******

La muerte tiene importancia si se pone por delante el espejo de la vida. De lo contrario, la muerte sólo es un punto suspensivo.

******

La venganza siempre se sirve en plato frío.

******

La tradición se conquista, sugiere Malraux. La tradición es una compleja maraña de complicidades y negaciones sobre la historia universal de cada hombre.

******

Los recuerdos son generalmente apacibles. Implacable es la memoria.

******

Existen quienes no les interesa la belleza interior. Actúan descarnadamente, como vacíos. Y aunque no lo demuestren, lloran para adentro.

******

Un niño, todo niño, representa la memoria no escrita de la propia niñez.

******

Olvidamos (o soslayamos) la idea de finitud. Somos inmortales en nuestras propias decisiones. Sólo accedemos a la muerte en el cuerpo de los otros…

******

La mediocridad es como un faro: ilumina la oscuridad de los otros.

******

¿En qué medida los pecados pueden revertirse a virtudes? En la medida que, reconociéndolos, admitamos su profundidad y miseria.

******

Estaremos salvados si, en tiempos de oscuridad, vislumbramos que al final de todo está la civilización del amor.

******

De las enfermedades transmisibles, el rencor es una de las que mata más rápido.

******

Hay sociedades enfermas que los políticos no alcanzan a revertir. Lo intentan las religiones. Lo analizan los doctores de la psiquis. Lo denuncian los propios pueblos. Sólo la conciencia activa, enarbolando la bandera de la cordura, puede lograr su fin.

******

La hermandad de los pueblos es una utopía consistente, amurallada. Los pueblos se hermanan en tiempos de bonanza. Jamás en la adversidad.

******

Estamos vestidos con tules de vanidad. Pero esos tules son transparentes…

******

Sin duda el trabajo es la mejor terapia para sanar dolores morales. Esos que no curan los médicos y que, a veces, resisten hasta los argumentos de la fe.

******

No escapa a la conciencia nuestra debilidad de hombres. Somos falibles, inconformistas, emocionalmente inestables, y sin embargo jamás bajamos de los pedestales.

******

Nada más fácil que levantar castillos en el aire. No los sostienen andamiajes valederos sino –por propia ruptura de la lógica- sólo el dulce espejismo de la ilusión.

******

La felicidad es posible, siempre que el corazón la acepte.

******

Cuando la justicia llega a ser verdad, hasta los inocentes tiemblan.

******

Cuando los miedos se encarnan, el hombre pierde voz. Primero se angustia por la paz de los otros; después piensa que el suyo es el mayor calvario.

******

Estamos de acuerdo: vivir es algo más que una aventura. Depende, claro está, si nos animamos a vivirla sabiendo que se puede perder, tanto como ganar.

******

Vivir atado a calendarios y relojes puede resultar azaroso. Feliz de aquél que se libera de los minutos y es puntual a sus propios sueños.

******

No es cobardía temerle a la muerte. En cambio, ¿qué otra cosa es temerle a la vida?

******

Estamos hechos de ilusiones rotas. Nosotros mismos –tantas veces- las rompemos por torpeza.

******

Desde la ansiedad, el hombre teme esperar. Se afana por acelerar los tiempos, por generar nuevos amores, por alcanzar el pedestal de la riqueza. Detrás de él, sin que lo perciba, su alma llora…

******

Auras de poesía reciben a la nostalgia. Es invitada de honor de todas las memorias y jamás, jamás se la descalifica.



PÁGINA 14 – POESÍA AMERICANA: MÉXICO

ROBERTO ARIZMENDI RODRÍGUEZ

MORIRSE SOLOS, SIN SUEÑOS NI DESTINO

El conserje de un edificio
se ahorcó en su habitación.
No dejó recado póstumo
ni tenía familiares.
Tampoco se supo su nombre.
Murió solo. Su cuerpo fue enviado
al Servicio Médico Forense
en calidad de desconocido.
La Jornada /1995.10.18

Mira que el sol
a veces se esconde
para algunos.

Avanzamos sobre los minutos
como puntos suspensivos
que no conducen a meta ni destino.
¿Cuántos días nos quedan para morir?
A lo mejor mañana no podré escribir
otro poema,
ni decirte buenos días
o darte un beso.
A lo mejor mañana
amaneces viuda.
Yo estaré rodeado
de algunas personas cercanas
que se enteren;
pero otros están completamente solos
desde el alba hasta la oscuridad de media noche;
viajan solos en este tren de sinsabores
y ni siquiera el día de su deceso
quiere la muerte aparecerse
-siente flojera llegar a la desolación,
a lugares totalmente intrascendentes-.

Solos, solos,
sin alguien que les abrace o grite o los calumnie,
sin quien siquiera deje un rato su hombro
dispuesto para el llanto.
Por eso se mueren;
a veces poco a poco,
a diario,
cada rato van perdiendo un poco de aliento
y no hay manera de encontrar de nuevo la ruta
ni el destino.

De repente descubren que hay otras maneras
de encender el fuego
y van recolectando pólvora en las calles,
en cada rincón que descubren,
entre bancas y prados de jardines
en cualquier resquicio de la vida,
hasta que un día ya tienen la dosis suficiente
y emprenden el retiro
en medio del desaliento y la tristeza
o entre la luz multicolor de la esperanza
porque creen que hay por ahí
un dios que aguarda su llegada.

Se van sin despedirse,
así nomás,
no hay quien escuche sus palabras
y emprenden el vuelo,
cruzan las nubes,
arriban al horizonte
se acurrucan silenciosos en el infinito
aunque siempre hay una fosa común que los abrigue.

LINA ZERÓN

 EL PATIO TRASERO 

Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos
Porfirio Díaz

Nunca lo supe, pero ahora dicen que nací en un patio trasero,
más viejo, más antiguo que los árboles más altos del norte,
con más historia que la siniestra casa blanca de enfrente.
Aquí la hierba se cultiva con indigno y contento desorden,
para que allá la consuman y disimulen sus conciencias,
mientras sus hijos empuñan armas en los colegios
y sus padres empuñan armas en los mercados,
mientras las madres pintan de sal las bolsas negras
y el amo de casa practica golf cada mañana.
Vivimos en el patio trasero más grande del mundo
pero no conocemos el miedo del ántrax
ni el detector de metales para niños
ni el miedo silenciado con drogas militares
ni arco iris de alarmas sonando en la noche.
En nuestro patio trasero crece el maíz sin pesticidas,
los huevos son de gallo y de gallina,
las vacas engordan con forraje y no con las hormonas.
Poseemos flores, remedios, recursos naturales
y un sin fin de tradicionales comidas:
mole, arepas, asados, moros con cristianos, cara pulcra,
postres de frutas frescas y frutas cubiertas de azúcar.
Y uno que otro Mac Donalds.
Hay rosas, claveles, azucenas, y para los novios: azares.
Y en años pasados, la bella amapola que ahora es prohibida
porque el amo del norte la usa para hacer drogas finas.
Tenemos ríos, lagos, mares de verdes y azules tonalidades,
Volcanes, bahías, cascadas, desiertos.
Oro, plata, cobre, petróleo,
 la mano creadora del artesano y brillantes cerebros.
Aquí no se fabrican poblados enteros con jardines artificiales,
habitados por rostros de plástico con dinero de plástico
que piden para llevar su comida de plástico en dogui bags.
Pobres vecinos del norte que dependen para vivir de los recursos
de este hermoso, vasto y altivo patio trasero.

JORGE VOLPI

HIPOPOTOMONSTROSESQUIPEDALIOFOBIA
Estándar
En mi lista de poemas que te traigo para hoy,
dijo el gamusino con indolencia,
destaca el siguiente:

HIPOPOTOMONSTROSESQUIPEDALIOFOBIA

¿Hipoqué?, pregunté.

Hipopotomonstrosesquipedaliofobia,
Es una de mis palabras favoritas. Es un poema.
Es de hecho mi poema favorito de hoy, dijo el gamusino.
La hipopotomonstrosesquipedaliofobia
se define como el miedo persistente a las palabras largas.
Diagnosticarle a alguien hipopotomonstrosesquipedaliofobia
es como sacar por la ventana de un décimo piso
boca abajo y agarrado por las perneras
a alguien con mal de altura
y decirle, “parece que hace viento, Pepe”.

No puedo emplear la hipopotomonstrosesquipedaliofobia, protesté,
¡Nadie entendería nada!

¡Precisamente! ¡Precisamente!
De eso se trata justamente, dijo el gamusino,
Hipopotomonstrosesquipedaliofobia, miedo
Ciclopentanoperhidrofenantreno, materia
Octangolonoplasentaiconósico, la respuesta al misterio de la vida.
¿No me has invocado diciendo que querías un buen poema?
Pues tú llénalo de hipopotomonstrosesquipedaliofobia
Hipopotomonstrosesquipedaliofobia por todas partes,
Llénalo todo así de gongoritos
hasta conseguir que nadie entienda nada
y te coronen.

KATIA REJÓN

Acomodo un balde vacío
en medio de la sala
para atrapar la lluvia
pero ningún traste que amortigüe
el sudor de tierra que abolla las macetas de las rosas
La verdad es que hoy no estoy de humor para tantas guerras
para sembrar palmeras que den sombra a las estatuas,
también es bueno amar las cosas simples
las tazas y su olor a pan
el tiempo
calcular la hondura del mar
y suponer que es metálico
que hay historias dulces que no se cuentan porque sí
que hay cadáveres jugando al ajedrez
con la lengua del poema
me he tragado cenizas
y algunas onzas de desprecio
pero necesito un día
a lo mejor ser distante, huérfana de cuerpo
coser con tristeza
mi esqueleto.
Palabra oculta
Esta palabra oculta
abre su selva. Su ensortijada
sombra. Entra al agua
el lagarto
y la luz se separa. El fantasma
se acerca,
cuchichea. Como un muro que se alza
contra las olas.
Como un espejo encajado en la mitad del arroyo.
Todo lo desdice en silencio,
todo lo quiebra

DAVID HUERTA

AYOTZINAPA

Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos
Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

Estamos perdidos entre bocanadas
De azufre maldito
Y fogatas arrasadoras
Estamos con los ojos abiertos
Y los ojos los tenemos llenos
De cristales punzantes

Estamos tratando de dar
Nuestras manos de vivos
A los muertos y a los desaparecidos
Pero se alejan y nos abandonan
Con un gesto de infinita lejanía

El pan se quema
Los rostros se queman arrancados
De la vida y no hay manos
Ni hay rostros
Ni hay país

Solamente hay una vibración
Tupida de lágrimas
Un largo grito
Donde nos hemos confundido
Los vivos y los muertos

Quien esto lea debe saber
Que fue lanzado al mar de humo
De las ciudades
Como una señal del espíritu roto

Quien esto lea debe saber también
Que a pesar de todo
Los muertos no se han ido
Ni los han hecho desaparecer

Que la magia de los muertos
Está en el amanecer y en la cuchara
En el pie y en los maizales
En los dibujos y en el río

Demos a esta magia
La plata templada
De la brisa

Entreguemos a los muertos
A nuestros muertos jóvenes
El pan del cielo
La espiga de las aguas
El esplendor de toda tristeza
La blancura de nuestra condena
El olvido del mundo
Y la memoria quebrantada
De todos los vivos

Ahora mejor callarse
Hermanos
Y abrir las manos y la mente
Para poder recoger del suelo maldito
Los corazones despedazados
De todos los que son
Y de todos
Los que han sido

ELSA CROSS

CANTO MALABAR
(Fragmento)

I

La tarde entera se vencía al paso del viento.
Como arcos se doblaban los árboles
y una flecha imprevista me daba al corazón.
Deambulé por aquellas calzadas
donde tanta vida cimentaron tus pasos.
El viento alzaba tolvaneras en medio de los campos,
trastornando a esos pájaros rojos,
borrando campamentos de insectos en las grietas.
La tierra pone polvo en mis labios su ofrenda. 
Y mi ofrenda a las estatuas que guardan el camino
¿sólo palabras?

Estaba junto al baniano
aquella tarde en que el zureo de las tórtolas
volvía insoportable tanta belleza.
Estaba junto a la estatua de Yama, Señor de la Muerte,
montando su búfalo negro mientras Savitri
le arrebataba con argumentos la vida de su amado.
Tanta belleza a punto de morir.
Te vi por última vez allí, desde el baniano.
Inmenso como era el viento lo había descuajado
y las ramas que cayeron a tierra echaron raíces.

¿Adónde van los sueños cuando uno despierta?
Silencio a media voz, disipación del tiempo
la muerte indecisa:
un murmullo que cruza en el estanque.
Tus brazos me rodean entre el sueño.
Tus brazos se disuelven en la nada.
Como árbol arrancado de un sedimento pobre.
Y en todas partes abundancia, vidas en flor.
Discurrir de insectos, zumbidos de abejas,
tus mieles que me ahogan.

Sin que lo sepa aún, envuelta en tu éxtasis
despierto, y tú te vas hundiendo en el silencio,
como esas capas de luz a punto de borrarse
fulguran todavía entre sus oros
antes de ir desertando la montaña,
la charca, el río, el campo abierto.
Sin saber en qué orilla del sueño, oigo a la vez
'dejó su cuerpo' y los cantos a lo lejos.
Todo se detiene en tu silencio.
En mí tu imagen, ungida como una estatua,
tu mirada vuelta al infinito.

¿Quién despertó hacia qué? ¿Quién era el que soñaba? 
La luz abrió en el tiempo una ráfaga oscura; 
jugaba en los párpados. 
La luna entera se derramó sobre el campo.
Y esa agua sobre la almohada como ambrosía,
pues al tiempo en que te duermes para siempre
despierto con un jugo muy dulce entre los labios, 
exaltada en un gozo que fulgura en mi cabeza,
se enciende en mi espalda como anguilas. 
Afuera la luna llena, músicas perdidas.
Tus ojos desde el fondo de una noche sin pausa.



PÁGINA 15 – NARRATIVA

CRISTINA RIVERA GARZA
(México)

EL SÍ DE YOKO ONO

Hay varias cosas que colocaré aquí: Una alberca luminosa, por ejemplo. Mira. Es una alberca azul de grandes dimensiones que está dentro de un balneario que se construyó en 1930 cerca de una costa. Poseo el cartel que lo comprueba. Esta es una escalera de caracol hecha de hierro, sinuosa y angosta, sí. Desvencijada. Ruidosa. Su último escalón da a una ventana. Del otro lado de la ventana está Yoko Ono sobre una escalera de caracol sosteniendo la palabra Sí en la mano derecha, y una lupa en la mano izquierda. Es para que veas mejor, dice la lupa sin que nadie le pregunte nada. Así es como nos damos cuenta de que no es una lupa sino un lobo. En algún lado de esta escena hay una enredadera. No la vemos, eso es cierto, pero podemos aspirar su aroma. La clorofila es a veces así.

Abajo de la escalera de caracol hay otra escalera, pero ésta es de piedra. Viejas rocas. Grafito o malaquita, da lo mismo. Abajo de las piedras se yergue un teatro diminuto. Dentro del teatro, justo sobre el escenario, colocaré a un hombre de tirantes y sombrero panamá (estoy segura de que tiene dos rodillas) y a una pequeña bailarina con un vestido de tul y una diadema de insectos.

Este es el momento en que se encienden las luces. Hay murmullos. Alguien tose.

Habitantes de la casa del verano (esto lo dice una voz).
Ex-habitantes de la intemperie del otoño y de la intemperie del invierno y de la intemperie de la primavera (continúa la misma voz: grave, limpia, masculina).
Ex-intempéricos (pareciera que lo repite aunque en realidad lo dice por primera vez).

Las luces han cambiado de color y de intensidad ahora mismo. Los murmullos se expanden por la platea. Alguien tose todavía. A esto en otros lugares se le conoce como silencio.

Habitantes del siglo XIX y del siglo XXI (continúa el eco a través de varios altavoces).
Hombres y mujeres capaces de hablar en oraciones completas y cláusulas dependientes y vagones repletos de acentos.
Queridos astronautas atados a objetos flotantes que miran sin cesar una libélula mientras imaginan una cueva.
Todos los que se llaman Cuerpo de Té de Regaliz y de Menta.

Es hora de que sepan esto: Estamos a un lado de la alberca luminosa, bajo una escalera de caracol que da a una ventana por la que es posible ver el sí de Yoko Ono, y bajo una escalera de piedra sobre la que, según cálculos, se han posado algunos cientos de millones de zapatos muy viejos, para presenciar, que es otra manera de decir comulgar, con una pequeña obra de teatro.

Habitantes del verano (y aquí la voz alza la voz) toda conversación es un drama, eso se sabe. O una comedia.
Ex-intempéricos, habitantes del siglo XIX con dos rodillas y una escafandra, miren: (y justo aquí haré aparecer el sonido de un remo o de varios remos sobre las aguas tranquilas de algo que todavía no decido si es un río o una laguna o uno de los cuatro océanos)

Este es el momento en que la bailarina avanza por el escenario dando de vueltas, una y otra vez, y otra vez y otra vez con su corto vestido de tul y su diadema. Los brazos en alto. Las piernas más resueltas. La actividad continúa sin cambio alguno hasta que, exhausta, sudorosa (el ambiente, de hecho, ha dejado de oler a clorofila para oler a sudor, un olor punzante que entra por las fosas nasales y se clava luego en los huesos), recargada ya contra los talones de los zapatos de charol del hombre de tirantes que ha puesto atención a toda la escena, sudando también, acaso exhausto de antemano, toma conciencia de lo que ha escrito con las piernas a lo largo de la pista:

DEJEN QUE TODO MUNDO EN LA CIUDAD PIENSE EN LA PALABRA SÍ POR AL MENOS 30 MINUTOS AL MISMO TIEMPO. HÁGANLO CON FRECUENCIA.

Este es el momento en que los hago levantar los brazos y flexionar los codos y golpear una palma de la mano contra la otra. Ahora se miran, embelesados. Ahora dicen, aunque en realidad murmuran: El verano nunca había sido tan largo.

La voz, masculina y clara, regresa por los altavoces del teatro: Habitantes de las escaleras y de las piscinas luminosas (incluso aquellos disfrazados de agentes ultra secretos o de campesinos rusos o de mujeres con trece meses de embarazo), astronautas que miran el paisaje terrestre con esa larga, oh tan dúctil, con esa atroz melancolía, todos los que se llaman Cuerpo de Vapor de Agua que Hierve, esto ha sido, en efecto, una instrucción.

Y aquí es cuando se apagan las luces y una cortina de terciopelo rojo cae con un pesado ruido sobre el escenario. Ahora un helicóptero arroja papeletas de cartón sobre una ciudad de grafito que ha estado desierta por al menos 121 años. Las papeletas contienen la palabra: Respira. Las palabras: Esto es un abrazo. ¿Es eso un bosque de taiga? Está bien, aquello es un bosque de taiga. ¿Hay alguien sobre el borde del trampolín más alto que, inmóvil, observa las aguas que brillan allá abajo? Sí, en efecto, hay alguien allá arriba, estático.

Justo en este instante haré que los relojes digan la verdad.

Ahora es cuando sonrío.

Y, sí, alguien tose.


PÁGINA 16 – POESÍA AMERICANA: COLOMBIA

SANDRA URBINA PAZ
(Colombia)

¿Qué queda después de la guerra?
Sólo palabras desnutridas,
la pura tristeza de los huesos,
un montón de zapatos huérfanos,
las calles manchadas de pobreza.
¿Qué resta después del horror?
Cadáveres solidarios que se abrazan
en las fosas (no tan) comunes del olvido,
sobre murientes a la catástrofe
con la esperanza enferma
vendiendo odio en las esquinas
y el esqueleto de Dios
sosteniendo una vela que se apaga

WILLIAM OSPINA

ELLOS SON PODEROSOS

No digas que tienes sed, porque te darán un vaso con tu sangre.
No digas que tienes hambre, porque te servirán tus dedos cortados.
No digas que tienes sueño, porque te coserán con hilo los párpados.
No digas que amas a alguien, porque te traerán su corazón putrefacto.
No digas que quieres al mundo, porque multiplicarán los incendios.
No digas que buscas a Dios, porque te llenarán de brasas la boca.
No digas que está bello el rocío que dulcemente cubre los campos,
porque en cada gota celeste inocularán pestilencia.

ALEJANDRA LERMA

OSCURIDAD EN LUZ ALTA

La vida es un pasillo oscuro
En el que nuestra sombra enciende velas
Sonreímos
Y en el fondo hay violencia
Somos un dolor intermitente
Hemos llegado al mundo
Destrozando otro cuerpo
Para poder vivir hay muerte en abundancia
Dejamos nuestro rastro de caníbales
Perseguimos el oro y el fracaso
Estamos ciegos
Iluminados de angustia
Cansados de querernos
Todo es hermoso
Un río marchito que resuena en la mente
Jamás comprenderemos
La eternidad es silenciosa
Intentamos amar a los otros
Ver en la deformidad la belleza de Dios
La oscuridad es un pacto de la luz
Para podernos ver.

CAMILO RESTREPO.

7

Cuando encontré mi rosto marchito entre las hojas, me hice consciente del otoño

Soñé con hechiceras que ungieron mis cicatrices con su bálsamo
y vi rebaños despavoridos que a mi paso huyeron hacia los barrancos
y supe entonces que el pequeño dios doméstico al que alimenté por años me había abandonado

Huérfano de padre me hinqué a llorar hacia los cielos
pero toda lágrima en mis ojos se convirtió en escarcha

Entonces me fue robada la voz y supe que hay una música celeste que no me toca

Estoy solo
cada noche enciendo un fuego y hecho a consumir allí los nombres de mi tristeza

Yo nunca he mordido la manzana
sólo soy una roca rodante contra la que los aldeanos lanzan improperios
y en la que los mendigos orinan en las noches
tengo la certeza de que nada eterno hay en mí
excepto las palabras con que cada noche rompo mi garganta
 y trato de suicidarme.

ORIETTA LOZANO

ORFANDAD

En la orfandad del silencio
no espero la respuesta,
hurgo, como el águila hurga el aire de su vuelo,
porque la palabra que retorna,
es el cristal donde la luz restalla,
déjame decir en el solar del árbol,
dos sílabas de pájaro temblando.

Acaso estás tan ausente en mis tendones,
tan herido de las yedras de mi pausa,
tan silencio en la espina dorsal de mis palabras,
tan ido de mi lado, tan éxodo por mí,
tan encallado en mí
como ramas temblando de granizo.

Y un día, después del ayer y antes del mañana,
nos podamos encontrar
para arribar por siempre en la azul orilla
de la aurora.

Por ahora, sueño la tortuga
que arrastra la casa hacia su piedra,
los lobos en cardumen,
los peces en jauría;
el cuerpo vuelto arcilla,
en la epidermis de la esfera.

Escribo
como se traza un mapa de membranas,
para que mi aurícula no se piense rota,
y mi hueso sacro no delire espera;
porque de migajas se hace el pan,
reclamando migajas, escribo
delante de nueve cartas que se juntan,
hacia atrás del tiempo en contravía,
a unas horas de regreso,
en las mañanas antiguas del futuro;
como la yedra que hoy se inicia
y empieza a recordarnos.



PÁGINA 17 – ENSAYO

JULIO CARMONA
(Perú)

EL MENTIROSO Y EL ESCRIBIDOR

El objetivo a alcanzar con el presente trabajo está resumido en el subtítulo del mismo: Mario Vargas Llosa en su teoría y en su práctica literarias, y consiste en: 1) analizar los postulados teóricos de Mario Vargas Llosa en torno al arte literario y 2) establecer la correspondencia -también analítica- que tienen con su producción artística (ambos análisis están referidos, especialmente, a la dimensión novelística.) Pero, antes de continuar aclarando otros tópicos, creo que es imperativo explicar el título del trabajo: El mentiroso y el escribidor.
En realidad, son dos términos que forman parte del bagaje lexical del autor tratado. La primera expresión -el mentiroso- está ligada a una categoría de su teorización: la literatura es una mentira , lo que indica que el estudio de la teoría vargasllosiana realizado en este trabajo está simbolizado por la variante ‘mentiroso’ de ese término categorial, pero, además, implica el develamiento de las mentiras conceptuales que creo haber descubierto en ese corpus teórico aludido. La segunda expresión -el escribidor- tiene que ver con otro concepto puesto en boga por MV en el terreno propiamente artístico: recuérdese su novela La tía Julia y el escribidor. En este caso, no se pierda de vista el sentido peyorativo del vocablo, pues también hace referencia a un mal escritor: Quando que bonus dormitat Homerus. Y es, en este sentido que aquí, además, me he propuesto poner en evidencia algunos yerros de escritura descubiertos en la obra analizada, especialmente la de la práctica narrativa, puesto que los errores de la parte teórica devienen mentiras. Me refiero a la mentira en el trabajo teórico, en tanto éste -más bien- debe estar signado por la verdad. Y en la medida que en el trabajo artístico (narrativo) no se puede exigir esa sujeción a la verdad, el calificativo de ‘mentiroso’ no le cuadra ahí, pues la mentira es propia del arte: “Al decir: las bellas mentiras del arte -dice Roque Barcia-, hablamos de invenciones o imágenes que pueden ser bellas, y siendo bellas cuadrarán al arte, porque al arte cuadra todo lo que es bello. No siendo aquellas invenciones o figuras cosas reales, no serán verdaderas, serán mentirosas; pero como estas cosas mentirosas tienen figuras bellas, podremos decir que son bellas mentiras. Y como la belleza es la ley de las creaciones artísticas, podremos decir que las bellas mentiras de que hablamos son mentiras del arte.”
Desde luego, que esa premisa -relevada por Barcia- no excluye de la obra de arte una “verdad especial”, propia de su productor, por los nexos que éste no deja de tener con la verdad objetiva (afirmándola o negándola.) Cuando se niega -como lo hace MV- que existe esta verdad en la novela (porque ésta es definida como “mentira”) se está ante la reacción de una falsa conciencia. Pero esa ‘falsa conciencia’ no deberá ser motivo de sorpresa, pues es fácil expresar “claridades” de labios para fuera, siendo lo difícil ver claro de ojos para dentro. Lo sorprendente, sí, es la ceguera ajena que se obnubila frente a esa falsedad externa, que es expresión de una falacia interna, porque -como dice el proverbio árabe-: “Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego.”
Por ser muy prolífica y/o abundante la producción literaria e intelectual de MV, voy a centrarme, básicamente, en los dos rubros ya mencionados: la narrativa y el ensayo de teoría y crítica literarias. Dejaré, pues, de lado el teatro, el ensayo político y los artículos periodísticos (aunque recurriré a estos últimos cuando traten del tema o los temas a tratar.)
Aun cuando los inicios literarios de MV, vinculados al periodismo y a la actividad académica como estudiante universitario, dejan ver su incursión en los dominios de los “estudios literarios”, en particular la crítica literaria, por ser una labor episódica, coyuntural o no sistemática, aparte de ser poco conocida, primero deberá alcanzar la nombradía como creador para después -luego de consolidada esta actividad con singular contundencia- incursionar en la producción teórico-crítica con no menor solvencia elocutiva. Múltiples trabajos ensayísticos suyos así lo demuestran. En los años setenta del siglo pasado se generó una dura polémica en torno a algunas controvertibles opiniones suyas. Se cuestionaba, por ejemplo, la falta de correspondencia entre su práctica y su teoría. O, si no, se ponía en tela de juicio algunos de sus planteamientos -también contradictorios- sobre el origen de la vocación literaria, tildándolos de irracionalistas y, por lo tanto, de poco científicos, cualidad ésta que en el campo teórico se suele privilegiar de manera puntual.
En lo que respecta a la teorización propiamente dicha de MV, aparte de tratar sobre temas generales del arte literario (narrativo o novelesco) que -obviamente- tienen vasos comunicantes con otros temas particulares: la obra de autores específicos, además conduce a cotejar cómo es que se corresponde con su propio trabajo práctico. Asimismo, en esta producción artística (especialmente la novelística) hay también algunas apostillas o planteamientos conceptuales acerca de la literatura y el arte en general, que apuntan a redondear su visión teórico-crítica del arte narrativo. Las dos vertientes (científica y artística) constituyen el material de estudio para desarrollar el objetivo temático propuesto.
Como se ve, pues, MV tiene la doble virtud de ser creador y teórico de la literatura. Son cualidades que no suelen presentarse así, unidas. Menos con la solvencia elocutiva en ambas que se da en su caso. Pero el hecho de que en ambas también haya caído en equivocaciones nada edificantes (que no siempre han sido advertidas por sus hermeneutas, obnubilados muchos por esa ‘solvencia elocutiva’ aludida) hizo que me planteara realizar el trabajo aquí propuesto. Y lo hice como tarea de investigación, que es un rubro obligatorio en la docencia universitaria. Este punto de origen explica el tono académico o didascálico que lo domina. El mismo que espero no hiera susceptibilidades. En todo caso, precisa la preferencia electiva de mis lectores. Y explica, asimismo, la elección expositiva del plural de la tercera persona en la redacción del trabajo en sí.
Resumiendo, pues, el objeto de estudio propuesto tiene dos aspectos: el ensayo teórico-crítico y la creación narrativa de MV. Y los voy a tratar en ese orden, primero el ensayo, pese a que -como toda reflexión teórica- siempre se da a posteriori de la creación, debido a que de todos modos esa concepción teórico-literaria (de no haber sido formulada por escrito) de todas maneras está subyacente en la obra de creación. Y sólo en el caso de autores que no han expuesto explícitamente sus concepciones teóricas (y Mario Vargas Llosa sí lo ha hecho) el orden a usar tiene que ser el inverso. Tal es el caso de Cervantes, cuyas propuestas conceptuales en torno a la literatura están imbricadas en el desarrollo de su obra artística (El Quijote es un arca pletórica de formulaciones teórico-literarias.)
Ese panorama, el protagonismo desempeñado por MV, y el rol que en la literatura peruana juega, de manera particular, demuestran la necesidad de realizar un estudio que se centre en esa doble actividad del autor elegido. Hay que precisar, por otro lado, que la bibliografía existente sobre la obra de MV es muy nutrida. Pero he creído percibir que no todos los estudiosos de la misma han incidido en el tema aquí propuesto: el estudio imbricado de su teoría y su narrativa (o, si lo han hecho, ha sido parcialmente.)
Pero hay otros temas colaterales relacionados con los expuestos arriba. Y son los que tratan sobre la ubicación precisa de la teoría y la práctica de MV en el contexto de las tendencias literarias dominantes en la segunda mitad del siglo pasado (época en que, mayormente, ha desarrollado su obra), nos referimos a las tendencias del realismo, el formalismo, el naturalismo, el populismo, etc. No sólo los propios postulados teóricos y la práctica artística de MV llegan a configurar una poética que, supuestamente, sería afluente de la tendencia realista, sino que algunos comentaristas de su obra llegan a la misma, apresurada, conclusión. Y, en ese sentido, es necesario precisar que, en realidad, no sería así, sino que, en todo caso, se estaría inscribiendo dentro de los parámetros de una poética formalista-naturalista.
Para terminar, es pertinente advertir que el solo hecho de haber elegido como tema de investigación el trabajo literario de MV demuestra el interés que despierta en mí, como así también la importancia que le asigno. Lejos, pues, de mí cualquier intención subalterna de pretender minimizar o “destruir” su ganado prestigio (acción, dígase de paso, imposible de realizar.) Y hago la salvedad, porque no han faltado sus defensores apriorísticos que pretenden clausurar cualquier crítica “negativa” futura en su contra. Así, por ejemplo, se da el caso del crítico Roland Forgues, quien al organizar un encuentro de escritores en torno a la obra de MV con motivo de otorgársele a éste un doctorado Honoris Causa en Francia, dijo: “Nadie es profeta en su tierra. Y todavía menos en un país como Perú donde la desigualdad de las oportunidades de acceder a la Educación y la Cultura dista mucho de corresponder a las capacidades intelectuales de los individuos y acaba alimentando un sentimiento de profunda frustración en quienes se ven privados de ello y un fuerte resentimiento ante el éxito social.” (D-2001: 26-27.) Según esta idea, aquel que critique a MV no será sino un frustrado, un resentido o un envidioso respecto de sus triunfos y laureles. Pero no es el único que lanza tal catilinaria. El escritor peruano Maynor Freyre, en el mismo encuentro y texto citado dice: “... he puesto [en cada una de las razones aducidas para clasificar la obra de MV] la mayor objetividad posible, aunque en alguna se deje traslucir mi pasión de lector y algo de esa relación amor/odio que siempre hemos tenido los peruanos para con nuestro consagrado escritor, a quien tratamos de emular en secreto pero públicamente negamos y, para mandarnos la parte y dárnosla de importantes, hasta despotricamos de sus brillantes escritos. La zorra siempre pretextará que no se come las uvas porque están verdes.” (Op. cit.: 259.) En todos esos casos, considero que el hacer generalizaciones de tal índole, aplicadas a todos los peruanos, es poco menos que cargante o fastidioso.
En realidad, no me siento aludido. Pero es necesario aclarar el asunto precisando que -por un elemental principio o derecho de opinión- no puedo abstenerme de decir mi verdad, aunque las condenas anticipadas así lo pretendan. Y éstas no demuestran otra cosa que existen varios tipos de crítica -cada cual con su perfecta razón de ser- y, entre ellas, está la crítica ayayera que no se contenta con “sobar” al escritor elogiado, sino que -más papista que el Papa- busca desautorizar a quienes creen que ese tipo de crítica (perdonavidas, por un lado, y condenatoria, por otro) puede ser gratificante para sí misma, pero que -por su propia intolerancia- se vuelve soberbia y quisiera existir ella sola, émula -a fin de cuentas- del paradigma que ensalza.

SUPLEMENTO INFANTIL


PÁGINA 18 – PROSA POÉTICA

NORMA SEGADES MANIAS
(Argentina)

ACERCA DEL MISTERIO

En mitad de la sombra algún descuido breve de cerrojos entreabre los portales.
Ocurre casi siempre en la ribera oeste de los túmulos donde nacen los robles, a la hora en que la noche se prepara para parir milagros
y andan las hilanderas devanando el ovillo de la ausencia.
Es entonces cuando alza la distancia un sonido desnudo de violines, arpas, panderos, címbalos, coros nunca escuchados excepto en el comienzo de todas las edades.
Es entonces cuando antiguas memorias advierten que no es bueno aventurar miradas, tenderse en ese suelo que nutre las raíces de endrinos y serbales
o desandar el número de círculos que conjuran la entrada a los reinos prohibidos.
Ocurre casi siempre en la ribera oeste de los túmulos donde nacen las setas cuyo color es rojo como la misma sangre ofrendada en el ara y cuya carne blanda sirve como alimento al dios de los delirios.
Cuando lentas manadas de unicornios quebrantan los perfiles de la luna y es tiempo de cosecha.
Cuando corros de esferas ambarinas reflejan la agonía del insomnio
Y hay voces en el viento que subyugan las almas, que las sumen en locos torbellinos de penas, anhelos perentorios por lo que nunca ha sido y jamás podrá ser recuperado.
Cuando la luz astilla en los saúcos su plena maravilla y el polen todavía fecunda los estambres.
Ocurre casi siempre en la ribera oeste de los túmulos donde nacen los días del espino.
Quien escucha en la fronda puede oír el susurro de las plantas desnudas danzando entre la hierba mientras rompen los gallos la piel de la distancia.
Quien atisba en el aire junto a ásperos ramajes puede observar esbozos de almenares, estandartes al viento, altas arquitecturas sobre piedras austeras capturando la edad de los solsticios.
Quien mora en territorios inocentes puede ser invitado a cruzar las fronteras a la hora en que la noche se prepara para parir milagros y andan las hilanderas devanando el ovillo de la ausencia.
Cuando lentas manadas de unicornios quebrantan los perfiles de la luna
y es tiempo de cosecha.



PÁGINA 19 – POESÍA

MARÍA ELENA WALSH
(Argentina)

CANCIÓN PARA BAÑAR LA LUNA

Ya la Luna baja en camisón
a bañarse en un charquito con jabón.
Ya la Luna baja en tobogán
revoleando su sombrilla de azafrán.
Quien la pesque con una cañita de bambú,
se la lleva a Siu Kiu.

Ya la luna viene en palanquin
a robar un crisantemo del jardín
Ya la luna viene por allí
su kimono dice no, no y ella sí.
Quien la pesque con una cañita de bambú,
se la lleva a Siu Kiu.

Ya la luna baja muy feliz
a empolvarse con azucar la nariz
Ya la luna en puntas de pie
en una tacita china toma té
Quien la pesque con una cañita de bambú,
se la lleva a Siu Kiu.

Ya la luna vino y le dio tos
por comer con dos palitos el arroz
Ya la luna baja desde allá
y por el charquito-quito nadará
Quien la pesque con una cañita de bambú,
se la lleva a Siu Kiu



PÁGINA 20 – CUENTO INFANTIL

GRACIELA MONTES

EL CLUB DE LOS PERFECTOS

Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de Florida. Pero no es culpa mía: en Florida pasa cada cosa que una no puede menos que contarla.
Como la historia esa del Club de los Perfectos.
Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club.
Alguno de ustedes preguntará quiénes eran los Perfectos. Bueno, los Perfectos de Florida eran como los Perfectos de cualquier otro barrio, así que cualquiera puede imaginárselos.

Por ejemplo, los Perfectos no son gordos pero tampoco son flacos.
No son demasiados altos, y mucho menos petisos.
Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las uñas.
Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima.
No son miedosos. Ni confianzudos.
No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido.
Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden “por favor” y jamás hablan con la boca llena.

Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que digamos.
Es más, eran muy pocos. Tan pocos que había calles, como Agustín Álvarez, donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa. Pero –pocos y todo–decidieron formar un club porque todo el mundo sabe que a los Perfectos sólo les gusta charlar con Perfectos, comer con Perfectos y casarse con Perfectos.
El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran el Deportivo Santa Rita y el Social Juan B. Justo.
El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados por la tarde se llenaba de floridenses porque los sábados por la tarde se jugaban partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo.
El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la noche los floridenses que querían ponerse de novio se reunían a bailar con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas.

Pero el Club de los Perfectos era otra cosa.
Para empezar, no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la calle Warnes, con grandes ventanales y una verja alta de rejas negras.
Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y margaritas, sólo palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros de hojas lustrosas.
Los sábados por la noche, los Perfectos llegaban al club con sus ropas planchadas y sus corbatas brillantes. Como eran perfectamente puntuales llegaban todos juntos.
Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla deslumbrante. Comían tranquilos y educados. Masticaban bien. Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia. Ni ganas.
Ni celos. Ni frío.
Tan diferentes eran, que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir a visitar el Club de los Perfectos.

Bueno, visitar es una manera de decir porque al club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás miraban de afuera.
Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el partido, los del Deportivo Santa Rita se venían en patota a la calle Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B. Justo, las parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles una ojeadita a los Perfectos.
Los floridenses se apretaban todos junto a la verja.

Eran un montón, pero ninguno era perfecto. Estaba doña Clementina, llena de arrugas; el nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en los dientes, chicos que a veces se comían las uñas, chicos que a veces se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los dientes en los sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas un poco despeinadas porque había viento.
Los sábados por la noche, el Club de los Perfectos estaba siempre rodeado de floridenses. Y fue por eso que, cuando pasó lo que tenía que pasar, hubo muchos que pudieron contarlo.

Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre reunidos alrededor de la mesa, perfectamente bronceados porque era verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que tenía que pasar.
Pasó una cucaracha.
Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el mantel almidonado y empezó a caminar perfectamente serena, por entre los platos.
El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas, perfectamente rubio. La cucaracha se acercaba, pacíficamente, hacia su plato.
El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque volcó la silla, empujó con el codo el plato decorado, que se estrelló contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la Perfecta de vestido blanco.

La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente, seguía recorriendo la mesa, desviándose sin sobresaltos cuando se le interponía algún plato.
Los Perfectos en cambio sí que parecían sobresaltados. Había algunos que se subían a las sillas y gritaban pidiendo ayuda, y otros que se comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones.
Había algunos que lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se reían a carcajadas.
El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y copas volcadas. Y serena, parsimoniosa, la manchita negra y lustrosa proseguía su camino.



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